En tanto el sujeto no es un significante, no pertenece de entrada al campo del Otro. Por eso, su inclusión en ese campo no está dada, sino que debe producirse. Una de las vías privilegiadas para ello es el síntoma: aquello que puede funcionar como sostén y que, a través de identificaciones, le permite al sujeto establecer algún tipo de lazo con el Otro.
El síntoma puede pensarse como el correlato subjetivo del modo en que el sujeto ha sido alojado en el campo del Otro, guardando una relación estrecha con la puesta en juego del deseo de ese Otro. En este sentido, el síntoma testimonia que el sujeto, mediado por la demanda, ha entrado en relación con el deseo en tanto deseo del Otro, encontrando una forma —singular— de situarse allí.
Sin embargo, en la clínica contemporánea nos encontramos cada vez con mayor frecuencia con presentaciones que no se organizan en torno a un síntoma en sentido estricto. Se trata de cuadros dominados por un quantum económico difícil de tramitar, que irrumpe como un padecimiento intenso y desbordante, afectando de manera significativa la vida del sujeto.
Estas presentaciones plantean serias dificultades para el trabajo analítico, en tanto obstaculizan —y en ocasiones imposibilitan— la formulación de una pregunta por parte del sujeto, condición fundamental para el despliegue del análisis.
Desde esta perspectiva, cabe pensar estas formas clínicas como efecto de una falla en el alojamiento del sujeto en el deseo del Otro, y correlativamente, en la constitución misma del síntoma. Esto conduce a interrogar un momento lógico previo: el modo en que ha operado la demanda, particularmente en su dimensión de demanda de amor, entendida como la vía a través de la cual el sujeto puede articularse con el deseo del Otro.
De este modo, cuando el síntoma no se presenta, la cuestión clínica se desplaza: ¿en qué lugar, bajo qué formas, puede leerse entonces la pregunta por el deseo?
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