La formación analítica no puede reducirse a una mera elección profesional, y esto conduce necesariamente al problema de la nominación: ¿cómo llega alguien a ser nombrado analista? Nos encontramos aquí con una dificultad estructural propia del psicoanálisis: no existe institución universitaria ni organismo alguno capaz de otorgar, en sentido pleno, el título de psicoanalista. Esto no constituye una carencia accidental, sino que responde a la lógica misma de la formación analítica.
En su discusión con los postfreudianos, Lacan critica el intento de transformar dicha formación en una especie de acreditación académica. Frente a ello, retoma el planteo freudiano del trípode formativo: el análisis personal, la supervisión y el estudio teórico. Es en la articulación de estas tres dimensiones donde se sostiene la formación del analista.
A partir de esta perspectiva, y especialmente en el contexto de la fundación de su Escuela, Lacan formula un aforismo célebre que, de manera llamativa, suele citarse de forma incompleta. Lacan afirma: “El analista se autoriza de sí mismo… y de algunos otros”.
La primera parte de la fórmula subraya que la autorización del analista no proviene de una investidura institucional, sino del trabajo de destitución subjetiva producido en el propio análisis. Es en ese proceso de desasimiento, en esa pérdida que el análisis pone en juego, donde puede advenir el deseo del analista y hacerse posible el pasaje de analizante a analista.
Sin embargo, Lacan añade inmediatamente “y de algunos otros”, indicando con ello que dicha autorización no puede sostenerse en soledad. Los otros resultan necesarios porque es en relación con ellos donde el analista debe responder por su práctica, dando cuenta no sólo de lo que hace, sino fundamentalmente de la lógica que orienta sus intervenciones. La referencia a “algunos otros” funciona así como una advertencia frente al riesgo del aislamiento del analista y señala la dimensión ética y colectiva implicada en la transmisión y sostenimiento del psicoanálisis.
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