viernes, 18 de octubre de 2019

Para una clínica lacaniana del duelo y la melancolía.

Por Adriana Bauab

“¿En qué consiste el trabajo de duelo? Se permanece en algo vago, que explica la detención de toda especulación en la vía abierta por Freud en ‘Duelo y Melancolía’. La pregunta no ha sido convenientemente articulada...”

Jacques Lacan, 22 de abril de 1959

Otra vez… madres y padres de duelo. Hace un tiempo una joven colega trajo a supervisión el caso de una señora, llamémosla Sra. M, que había perdido una hija en la tragedia de la disco República Cromañón. Preocupada, comentaba que la paciente cada vez estaba peor, repitiendo las palabras de la apesadumbrada Sra M. Esta describía que en los primeros meses corría de un lado para el otro haciendo marchas y reclamos, no tenia tiempo para pensar, ni para deprimirse, ni para llorar. Luego vinieron los ahogos: se asfixiaba y tenía que salir precipitadamente de colectivos, ascensores o de cualquier lugar en que se sintiera que le faltaba el aire. En el momento de la supervisión relata que se la pasaba llorando, tirada en la cama y comiendo compulsivamente.
  
Así como no hay palabra que nombre al deudo que ha perdido a un hijo, así de complejo es considerar cómo opera la función del duelo en una pérdida de esta magnitud. Lo que sí podemos afirmar es que frente a lo traumático, el primer mecanismo de que dispone el sujeto es la renegación, por eso al principio esta señora podía hacer trámites y correr de un lado para otro. Luego, cuando el universo significante no le alcanzó para decir su dolor, identificándose con el objeto perdido, reaccionó con todo su cuerpo: le faltaba el aire, se ahogaba. Si ahora lloraba y se deprimía no es que estaba peor, es que ha comenzado a manifestarse el dolor de la herida, que aunque cure con el tiempo no lo hará sin cicatriz…


La función subjetivante del duelo. Los aportes al psicoanálisis en seminarios, escritos y conceptualizaciones de Lacan justifican que hoy hablemos de una clínica lacaniana. La introducción de la variable del tiempo lógico atendiendo al tiempo del inconsciente y no al del reloj, las formalizaciones en torno a sus tres, real, simbólico e imaginario que luego situó en la topología del nudo borromeo, y lo que llamó su único invento –el objeto a– forjaron una transmisión con eficacias propias en la clínica.

En esta ocasión me voy a referir a los diferentes lugares donde Lacan hace alusión a la temática del duelo, retornando a “Duelo y melancolía”, para avanzar, tomar el guante desde donde Freud había llegado con los desarrollos de la metapsicología.
 
Lo que jerarquiza de entrada es que el duelo es primeramente una satisfacción, un requerimiento pulsional, en función de la insuficiencia estructural de elementos significantes para hacer frente al agujero creado en la existencia. Los tiempos lógicos de los duelos, sus aspectos estructurales, sus valores éticos y estéticos abordados en varios lugares nos permiten deducir consecuencias para la clínica.

Estas abrevan en los desarrollos que comienza a hacer a la altura del Seminario 6, El deseo y su interpretación; en el 7, La ética y en el 10, La angustia. Intentaré transmitir las ideas vertebrales de algunas de esas articulaciones.

En el primero de los seminarios citados se sirve de la tragedia de Hamlet –tragedia del deseo– y ubica la imposibilidad de comenzar a elaborar el duelo por la muerte del padre en un tiempo sin escansiones ya que la comida del funeral sirvió para los festines de la boda. Tiempos que apremian y sumergen al príncipe Hamlet en la desesperación, la locura y la alucinación. 

En el seminario de La angustia, tanto ésta como el duelo le permiten avanzar acerca de el objeto a. Es también a la altura de este seminario que profundiza la estrecha relación entre el acting out con la función del duelo y la del pasaje al acto con el fantasma de suicidio. Frente a una pérdida, allí donde no opera la función del duelo proliferan los acting-out como efecto del mecanismo de renegación.
Con Lacan podemos decir que las consecuencias clínicas de los duelos detenidos en sus tiempos de elaboración comprenden además de la tristeza, la inhibición y la pérdida de la capacidad de amar también las variadas expresiones de los desajustes del deseo y sus rumbos extraviados manifestados por acting out, compulsiones diversas y pasajes al acto.

Las diferentes manifestaciones de los duelos nos anuncian, frecuentemente cómo operó esa falta originaria constitutiva, duelo fundante, llamado castración y con qué recursos simbólicos e imaginarios cuenta el sujeto frente a ese agujero en lo real que la pérdida ocasionó. Por eso en el libro Los tiempos del duelo1 hablábamos de la función subjetivante del duelo ya que cada duelo es la ocasión, la exquisita oportunidad a través de la recomposición significante que implican sus tiempos de elaboración, de recrear el lugar de la falta. Vaciarla del goce parasitario en que cada duelo sumerge al deudo. Esa función subjetivante permite el pasaje desde la acción como puro juego de repetición en un intento fallido de reinscribir la falta como es el caso del acting out a aquella acción que adquiere estatuto de acto, es decir comandada por el deseo.


La melancolía o la no función del objeto a. Esta función subjetivante del duelo, se ve dificultada en la melancolía. Como distinguía Freud en ella no se trata de a quién perdió el sujeto, sino qué perdió en esa pérdida. En la melancolía el desalojo estructural que padeció el sujeto en tiempos instituyentes convierte a la herida del duelo en mortífera. No opera la función del duelo, podemos decir que no sana la herida, producto del rechazo –no se trata de una renegación– de la pérdida, por no contar con la falta originaria precursora de lo que causa al sujeto.

A las características típicas de los duelos, en la melancolía se suma, como describía Freud, la disminución del amor propio o como traduce Etcheverry, la rebaja del sentimiento de sí. Podemos atribuir esa disminución del amor propio que se traduce en autorreproches y acusaciones, a una falla en la constitución narcisística. En el manuscrito G precisamente había definido la melancolía como un duelo por la pérdida de libido. Frase que alude a la ausencia de apetito propio de las anoréxicas melancólicas, en las que la sombra del pasaje al acto asola permanentemente.

Cuando al final del seminario sobre La angustia, Lacan habla de la melancolía y del ciclo manía-melancolía, describe que en este ciclo, a diferencia del que se cumple en el del duelo-deseo, no hay función de objeto a, sino identificación al a como desecho o resto. Por eso es tan frecuente que en el pasaje al acto súbitamente el sujeto se arroje despedido por una ventana. Manifestación de que la pulsión no ha sido procesada por el fantasma, y este fracasa como sostén del deseo. A lo mortífero de la pulsión, es a lo que se identifica el sujeto.


Cuando el pasaje al acto es suplantado por un fantasma de suicidio, desplegado muchas veces en el análisis, parece corresponder a la incipiente posibilidad de que el sujeto pueda faltarle al Otro –sin tener que desaparecer para ello–. El fantasma de suicidio, su enunciación, augura en ocasiones la construcción y atravesamiento de otros fantasmas en el análisis.

El vacío desgarrador con que en ocasiones consultan algunos pacientes melancólicos es un todo vacío, un lleno de vacío, la presencia de la Cosa sin velos ni mediatización significante. Es cuando la Cosa, lo real deviene sólido y no deja resquicio para que la falta opere. La dirección de la cura propicia a que el vacío opere en la estructura, constituya un elemento más entre otros e instale una lógica del no-todo, de la incompletud. 

Hay un trabajo a hacer para deletrear el goce y que otros goces puedan manifestarse. Más allá del trabajo de elaboración, que el duelo cumpla su función, trae aparejado no sólo la sustitución del objeto perdido por otros objetos del mundo sino también una transformación de la posición fantasmática respecto del objeto. En ese punto donde el objeto no es sustituíble, que la libido vuelva al yo y la falta al sujeto, auspicia un acontecimiento creativo, la posibilidad de inscribir un trazo nuevo. 

Para una ética del duelo: cicatrices en la polis. Retomando la viñeta clínica del comienzo, hay una dimensión ética a tener en cuenta para que los tiempos del duelo transcurran y el sujeto pueda declarar a pesar del gran dolor, al fallecido como muerto y no irse tras él. Esta dimensión ética abarca al logos, a la comunidad, a la polis.

En el Seminario 7 Lacan recurre a la tragedia de Antígona para enfatizar entre otros, los aspectos éticos de la función del duelo. Cuando el duelo por la muerte de Polinices se ve impedido por la negativa de Creonte a dar digna sepultura a sus restos, Antígona, su hermana se deshace en ruegos que no llegan a ser oídos y finaliza sus días ahorcándose en su celda. 


Un aspecto esencial de las posibilidades de que un duelo avance en sus tiempos de elaboración es el modo en que la comunidad le haga lugar, lo legitime, que sancione por los medios de que dispone y particularmente los jurídicos donde colapsó el sistema para producir la catástrofe, para que la impunidad no aliente el caos. Esos rituales son como las cicatrices en una herida.


Cicatrices que es auspicioso que puedan devenir marcas en la polis y no sólo en los dolorosos cuerpos de los deudos, que tallen en la urdimbre del lazo social. No alcanza la indemnización económica que el Estado provee a los padres de las víctimas. La Sra. M cuando recibió ese dinero, iba compulsivamente a jugar al bingo, a la máquina tragamonedas, a cualquier hora, incluso en la largas de insomnio. Allí el tiempo pasaba rápido y las luces y los ruidos eran una compañía. No soportaba haber recibido ese pago, necesitaba ir a jugarlo, a perderlo. 

Otro es el tiempo, hablo del tramo que la cura cursa actualmente, en que la Sra.M, pudo retomar sus actividades laborales, reunirse con otras madres y padres, marchar y reclamar por la tan ansiada justicia, y promover medidas en la comuna para que se sancionen nuevas leyes que no le evitarán seguramente que el dolor continúe vivo, pero que tal vez eviten las desmesuras de otra República Cromañón. 

1. Adriana Bauab Dreizzen, Los tiempos del duelo, Homo Sapiens, Rosario, 2001. 

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