miércoles, 23 de octubre de 2019

Ser adolescente en la posmodernidad.


¿Hay duelos en la Posmodernidad? La posmodernidad ofrece una vida soft, emociones light, todo debe desplazarse suavemente, sin dolor, sin drama, sobrevolando la realidad.  Es licito entonces preguntarse si, dentro de ese marco, hay lugar para los duelos en la medida en que estos son dolorosos, implican una crisis seria, tristeza, esfuerzo psíquico para superarlos.

El duelo por el cuerpo perdido.
La mirada que cae hoy en día sobre el adolescente es muy diferente. Su cuerpo ha pasado a idealizarse ya que constituye el momento en el cual se logra cierta perfección que habrá que mantener todo el tiempo posible.

Modelos de 12, 14 o 15 años muestran el ideal de la piel fresca, sin marcas, el cabello abundante y brillante, un cuerpo fuerte pero magro, tostado al sol, ágil, en gran estado atlético, en la plenitud sexual.

Si, clásicamente, la juventud fue un “divino tesoro” porque duraba poco, ahora se intenta conservar ese tesoro el mayor tiempo posible. Mucha ciencia y mucha tecnología apuntan sus cañones sobre ese objetivo. Cirugía plástica, regímenes adelgazantes y conservadores de la salud, técnicas gimnásticas, transplantes de cabello, lentes de contacto, masajes e incluso técnicas que desde lo psíquico prometen mantenerse joven en cuerpo y alma.

Cuando la técnica no puede mas, el cuerpo cae abruptamente de la adolescencia, supuestamente eterna, en la vejez sin solución de continuidad. Cae en la vergüenza, en la decadencia, en el fracaso de un ideal de eternidad.

Entonces, ¿qué ha pasado con el duelo por el cuerpo de la infancia que hacia el adolescente moderno, adolescente que solo era un pasaje desde la niñez a un ideal adulto?.

El adolescente posmoderno, deja el cuerpo de la niñez, pero para ingresar de por sí en un estado socialmente declarado ideal. Pasa a ser poseedor del cuerpo que hay que tener, que sus padres desean mantener, es dueño de un tesoro.

¿Puede entonces, haber un duelo por el cuerpo perdido o “no hay drama”?

El duelo por los padres de la infancia.
Ir creciendo, convertirse en adulto, significa desidealizar, confrontar las imágenes infantiles con lo real, rearmar internamente las figuras paternas, tolerar sentirse huérfano durante un periodo y ser hijo de un simple ser humano de allí en mas.

Pero este proceso también ha sufrido diferencias. Los padres de los adolescentes actuales crecieron en los años 60, incorporando un modo de relacionarse con sus hijos diferente del que planteaban los modelos clásicos, desarrollaron para sí un modelo muy distinto del de sus padres. 

¿En que residen esas diferencias?

En lo referente a sí mismo, estaos padres buscan como objetivo ser jóvenes el mayor tiempo posible.
Si ellos fueron educados como pequeños adultos, vistiendo en talles pequeños ropas incomodas para remedar  a los adultos, ahora se visten como sus hijos adolescentes.

Si recibieron pautas rígidas de conducta, al educar a sus hijos, renunciaran a ellas, pero no generan otras nuevas muy claras, o por lo menos cada pareja de padres improvisa alguna pauta, a veces tardíamente.
Si fueron considerados por sus padres incapaces de pensar y tomar decisiones, ellos han pasado a creer que la verdadera sabiduría esta en sus hijos sin necesidad de agregarlos, y que su tarea es dejar que la creatividad y el saber surjan sin interferencias.
Si sus padres fueron distantes, ellos borran la distancia y se declaran compinches de sus hijos, intercambiando confidencias.

A medida que fue creciendo, el niño de estos padres no incorporo una imagen de adulto claramente diferenciada, y cuando llega a la adolescencia se encuentra con alguien que tiene sus mismas dudas, no mantiene valores claros, comparte sus mismo conflictos. 

Ese adolescente no tiene que elaborar la perdida de la figura de los padres de la infancia como lo hacia el de otras épocas. Al llegar a la adolescencia esta mas cerca que nunca de sus padres, incluso puede idealizarlos en este periodo mas que antes. Aquí difícilmente haya duelo y paradójicamente se fomenta mas la dependencia que la independencia en un mundo que busca mayores libertades.

El duelo por el rol y la identidad infantiles.
Yo ideal: Ante una imagen de sí misma real poco satisfactoria, muy impotente, el niño pequeño desarrolla una imagen ideal, un yo ideal en el cual refugiarse. Esta estructura se organiza sobre la imagen omnipotente de los padres y ante una realidad frustrante que promueve esa imagen todopoderosa de sí mismo confeccionada a imagen y semejanza de sus mayores, la cual le permite descansar, juntar fuerzas y probar de nuevo ante un error. Este yo ideal se va acotando a medida que la realidad le muestra sus limites.
Es omnipotente, no puede esperar para satisfacer sus deseos y no es capaz de considerar al otro. Hace sentir al niño que es el centro del mundo, es la expresión de un narcisismo que no admite a otros. Es lo que desea ser.
Ideal del yo: Es una aspecto del Súper Yo. Es un modelo ideal producido por los mayores para él, es el modelo de niño que los demás esperan que sea. 
Es lo debe ser  y a quien le cuesta muy a menudo parecerse.
Valores del ideal del yo: esfuerzo, reconocimiento y consideración hacia el otro, así como postergación de los logros.

¿Qué ocurre con el adolescente? En esa época de la vida se termina de consolidad el ideal del yo, para ello confluyen los padres, los docentes y la sociedad en su conjunto. Pero ¿qué ocurrirá si la sociedad no mantiene los valores del ideal de yo, si en cambio pone al nivel de modelo los valores del yo ideal?

La sociedad moderna consagraba los valores de un ideal del yo: la idea de progreso en base al esfuerzo, el amor como consideración hacia el otro, capacidad de espera para lograr lo deseado.

En la sociedad posmoderna los medios divulgan justamente los valores del yo ideal, es decir que allí donde estaba el ideal del yo, esta el yo ideal, y hay que atenerse a las consecuencias.

Los valores primitivos de la infancia no solo no se abandonan sino que se sostienen socialmente, por lo tanto no parece muy claro que haya que abandonar ningún rol de esa etapa al llegar a la adolescencia. Se podrá seguir actuando y deseando como cuando se era niño. Aquí tampoco habrá un duelo claramente establecido.

La nueva identidad se estructuraría sin que apareciera la idea neta de un duelo, en tanto no habría una perdida conflictiva que lo provocara.

Fuente: “Adolescencia, posmodernidad y escuela secundaria”  -Obiols- Cáp. 2: ser adolescente en la posmodernidad.

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