viernes, 12 de diciembre de 2025

El Otro como fuente del deseo y la marca genealógica

El Otro convocado por la práctica analítica —en tanto soporte de la función del oyente— es también aquel que, en los inicios de la vida, baña al niño en el lenguaje mediante el artificio de la palabra. Ese “baño” implica la perspectiva creacionista que Lacan formula en su temprano aforismo: en el principio fue el verbo. Sin embargo, esta preexistencia estructural no basta: es necesario un deseo que anime, que insufle vida al dispositivo simbólico para que surja una posición subjetiva.

El sujeto deseante queda así instituido por la articulación entre lenguaje y deseo del Otro. Este “creacionismo” se extiende también al campo de la verdad, que se funda sobre el efecto negatriz propio de la palabra y abre una dimensión no reductible al nivel de la comunicación.

Para que el niño sea sumergido en el lenguaje, es necesario que algo de él haga signo para ese Otro. Esto pone de relieve la distancia fundamental entre el Otro como lugar estructural y el Otro encarnado: la inmersión en el lenguaje remite al Otro en su función, mientras que la respuesta proviene de un alguien concreto que responde desde su deseo.

Lacan concibe la palabra como tésera, la prenda de un pacto que funda un lazo. Antes incluso de disponer de los desarrollos nodales y modales, esta noción le permite situar la marca de procedencia: una marca que abre una genealogía y constituye el espacio donde el sujeto puede contar —y ser contado— para alguien.

Pero toda genealogía conlleva un corte. En este punto, sus efectos se advierten sobre el estatuto del objeto: desnaturalizado por la operatoria del lenguaje, el objeto accede a su dimensión simbólica. De allí que el don —como signo del amor del Otro— tome valor estructural, más allá de toda psicología del afecto.


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