En esta entrada se ha subrayado la responsabilidad que recae del lado del psicoanalista en lo que concierne a hacer lugar —o no— al sujeto. Abolir al sujeto no implica suprimirlo, sino reducirlo a las objetivaciones del registro imaginario: confundirlo con el moi, identificarlo sin resto con la imagen de sí, o bien suponer que el sujeto se agota en aquel que enuncia, como si quien habla coincidiera plenamente con lo dicho.
En psicoanálisis, el sujeto —por el lugar axial que ocupa el deseo— es correlativo de una verdad que no se define en términos de exactitud biográfica, sino como un campo ficcional. La verdad no se sostiene en la verificación de los hechos, sino en la función del Otro como lugar de significación. Es a través de la sanción del Otro que la verdad se constituye como tal, en tanto efecto de sentido y no como correspondencia.
Es en la verdad donde se cifra el deseo, y ello en el sentido trágico que el deseo comporta en el psicoanálisis. Lo trágico remite aquí a la tradición del teatro griego: no como fatalismo, sino como designio, como destino. ¿Cómo fue deseado el sujeto, incluso antes de su llegada? Esta inversión temporal pone de manifiesto la estructura no cronológica del inconsciente: una anterioridad lógica que orienta un porvenir, al menos en su dimensión fantasmática.
La realización psicoanalítica del sujeto no consiste entonces en el descubrimiento de un origen, sino en la apropiación de una historia que le adviene del Otro. Tal apropiación constituye la condición de posibilidad de una rectificación: conmover el destino, en el sentido de modificar aquello que lo espera —o que ya lo ha esperado.
Para que esta operación sea posible, aunque sin que ello implique garantía alguna, es necesario que el analista se sitúe allí donde se dirige la pregunta del sujeto. La cuestión decisiva no es tanto lo que alguien dice, sino a quién se dirige cuando habla. No se trata simplemente de escuchar un enunciado, sino de captar la dirección de la palabra: ¿a quién le habla el sujeto?
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