lunes, 22 de diciembre de 2025

La hiancia simbólica y la escucha de lo no dicho

La función evocadora de la palabra pone en juego la dialéctica de presencia y ausencia que funda el orden simbólico. En ese sentido, el intervalo no es un accidente ni una mera separación entre términos, sino un rasgo estructural: lo simbólico no se constituye por simple yuxtaposición, sino por la articulación sostenida en una hiancia que la hace posible.

Las formalizaciones clásicas de esta oposición —presencia/ausencia, fort-da, S1–S2— dan cuenta de un mismo operador fundamental, ya desde los momentos inaugurales de la enseñanza pública de Lacan. A este conjunto puede agregarse el par palabra–silencio, en tanto el silencio no se opone a la palabra, sino que la integra: el silencio es también una forma de decir y, como tal, puede operar como respuesta, por ejemplo en el silencio del analista frente a la demanda.

Que el silencio pueda funcionar como palabra abre la posibilidad de dar lugar a lo no dicho, que no debe confundirse con lo imposible de decir. Lacan insiste en la necesidad de “aguzar el oído a lo no dicho”, lo cual no implica un esfuerzo por adivinar contenidos ocultos, sino una orientación de la escucha: el analista se dirige a los bordes del decir, a aquello que queda en los márgenes o se produce como vacío en el discurso.

¿Dónde se hace oír lo no dicho? En las vacilaciones, en los puntos de sinsentido, en las contradicciones, pero también en las rupturas de la gramática. Allí donde el discurso tropieza, lo no dicho se manifiesta bajo la forma de lo oculto.

Sin embargo, lo oculto tampoco coincide plenamente con lo no dicho. Conviene subrayar esta diferencia: lo no dicho forma parte del lenguaje mismo, en la medida en que el lenguaje no está hecho para comunicar en el sentido clásico de la transmisión de información. El lenguaje no se reduce a lo verbalizable, aunque sólo sea posible incidir sobre ese más allá del decir a través del dicho y de sus resonancias. Lo no dicho, entonces, no equivale a lo no inscripto.

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