lunes, 29 de diciembre de 2025

Formarse analista: sexualidad, división y la exigencia de una posición

La enseñanza de Lacan surge, en buena medida, como respuesta a un debate crucial en el psicoanálisis francés de posguerra: ¿cómo se hace un psicoanalista? El problema es inmediato: no se trata del dominio de una técnica ni del aprendizaje de un método transmisible por reglas fijas. Ante la ausencia de tal procedimiento, Lacan propondrá —años después del inicio de su enseñanza— la necesidad de una acomodación del analista, un ajuste de su posición que permita que el sujeto que consulta pueda dividirse y alojarse en el dispositivo analítico.

Lacan lee en Freud un “descubrimiento prometeico”: la pérdida de la inocencia del hombre. Freud mostró que el sujeto está estructuralmente dividido por una sexualidad que excede por completo lo genital y que opera desde la infancia misma. La noción de una perversión polimorfa originaria no sólo marca la complejidad de lo infantil, sino que ubica a la sexualidad en un campo no reductible a la naturaleza ni al instinto.

Lacan retoma esta dimensión freudiana y la reinscribe desde las coordenadas del lenguaje y de la palabra. Este desplazamiento sitúa al registro simbólico en el centro de la escena y establece una distancia crítica frente a ciertas derivas posfreudianas que buscaban un “objeto complementario” supuestamente armonizador, vinculado a una genitalidad madura. Para Lacan, esta búsqueda desconoce el punto decisivo: lo sexual divide, y la castración es un efecto del significante, no una falta derivada de una complementariedad frustrada.

De este modo, la formación del analista no depende de un ideal técnico, sino de la posibilidad de sostener una posición que haga operativa esa división del sujeto y permita que la castración simbólica produzca sus efectos.

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