Lacan introduce formalmente los tres registros —Real, Simbólico e Imaginario— en 1953, aunque es posible encontrar anticipos ya en los años treinta. Estos registros operan como un prisma desde el cual relanza su lectura de Freud y fundamenta su posición teórica. Sin embargo, en ese mismo momento aparece un término llamativo: la personalidad.
La referencia no es casual. Lacan retoma allí algo de su tesis de doctorado, pero lo desplaza de un enfoque centrado en lo patológico. La personalidad, tal como la presenta, no es una propiedad del yo ni un atributo esencial, sino una modalidad vinculada a la posición del sujeto, aquello que él porta pero que no lo define ontológicamente.
Décadas más tarde, en el marco de la formalización nodal, Lacan vuelve sobre esta cuestión desde otro ángulo: la topología de la estructura y su relación con la paranoia. En esta línea, la problemática de la personalidad anticipa la idea de la función de la máscara, aquello que hace posible sostener una forma mientras oculta el punto vacío que la causa. De algún modo, la personalidad aparece allí como un modo de cierre, un borde, una presentación en el Otro.
Desde esta perspectiva, el análisis del analista aparece como el punto insoslayable, aquello que no puede ser sustituido por ningún dispositivo de enseñanza. Porque no se trata de adquirir competencias, sino de soltar aquello que tapona la división del propio sujeto y que impediría encontrarse con la palabra del analizante.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario