miércoles, 17 de diciembre de 2025

La angustia existencial-obsesiva ante la muerte: coordenadas clínicas y función subjetiva

 En la clínica contemporánea se observa con frecuencia una modalidad de angustia que suele nombrarse de manera imprecisa como “miedo a la muerte”, “ansiedad existencial” o “crisis de sentido”. Sin embargo, en muchos casos no se trata ni de una angustia depresiva ni de una angustia propiamente traumática, sino de una angustia de tipo existencial-obsesivo, cuya lógica merece ser diferenciada.

Esta forma de angustia no se organiza alrededor de una pérdida efectiva ni de un peligro real, sino en torno a una experiencia de colapso del tiempo subjetivo, donde el futuro irrumpe de manera anticipada y aplasta el presente.

No es la muerte lo que angustia, sino el tiempo. A diferencia de la angustia melancólica —ligada a la pérdida del objeto—, aquí la muerte no aparece como duelo anticipado, sino como horizonte absoluto que invade el ahora. El sujeto no dice tanto “voy a morir”, sino más bien: “ya es tarde”, “no llegué”, “el tiempo se acabó”.

La muerte funciona entonces menos como acontecimiento biológico que como significante totalizante, que condensa una serie de preguntas no resueltas: ¿Qué hice con mi vida? ¿Qué debería estar haciendo ahora? ¿Qué espera el Otro de mí?

En este punto, la angustia no señala la cercanía de la muerte, sino la imposibilidad de situarse en el tiempo.

La lógica obsesiva: todo o nada

En la neurosis obsesiva, el tiempo suele organizarse bajo una lógica dicotómica: o se hace “bien”, o no vale la pena hacerlo. Esta lógica se traduce clínicamente en dificultad para tolerar procesos, rechazo de los tiempos intermedios, exigencia de garantías antes de actuar.

Cuando el sujeto no logra sostener la espera obsesiva clásica (“todavía no”), el tiempo deja de estar diferido y se precipita. Es allí donde la muerte irrumpe como certeza imaginaria: “no hay tiempo”. La angustia aparece entonces como efecto de una falla en la postergación obsesiva, no como exceso de pulsión de muerte.

Dato clínico: La muerte como suplencia de un límite simbólico. 
Una coordenada clínica central es que esta angustia emerge allí donde faltan límites simbólicos operativos. Cuando no hay un ritmo, una secuencia, una decisión parcial, un borde claro entre hacer y no hacer, la muerte viene a ocupar ese lugar como límite absoluto. No organiza, pero clausura.

Clínicamente, esto se observa en pacientes que se angustian al “no hacer nada”, se desorganizan en los tiempos muertos, sólo se tranquilizan en la hiperactividad o en la exigencia extrema.

La muerte funciona así como una suerte de Significante Amo de emergencia, que introduce urgencia allí donde no hay orden.

Indicios clínicos de esta forma de angustia

Podemos ubicar algunas coordenadas recurrentes en su aparición:

  1. Aparece en el vacío, no en la acción. No emerge en el conflicto, sino en la suspensión.

  2. Tiene un fuerte componente imaginario. Escenas visuales del propio envejecimiento, del cuerpo deteriorado, del “final”.

  3. Se acompaña de aceleración corporal. Palpitaciones, vértigo, sensación de cuenta regresiva.

  4. No remite al duelo, sino a la autoevaluación. El eje no es “perdí a alguien”, sino “no fui / no hice”.

  5. Disminuye cuando el sujeto está tomado por una demanda externa. Trabajo, estudio, vínculo amoroso.

Angustia y fantasma

Esta angustia también puede leerse como índice de un alojamiento fantasmático particular. El sujeto queda suspendido en una escena donde siempre está “a punto de ser” o “a punto de llegar”, pero nunca en acto.

En este sentido, la angustia existencial-obsesiva señala una dificultad para salir del tiempo fantasmático y asumir el riesgo del acto, que siempre implica pérdida. La muerte aparece entonces como el reverso del acto: allí donde no hay acto, hay catástrofe imaginaria.

¿Qué-hacer en la clínica?

La intervención no apunta a tranquilizar, desmentir la muerte, ni normalizar la angustia. La dirección es otra: reintroducir diferencias temporales, fragmentar el tiempo total, sustituir el límite absoluto por límites parciales y simbólicos.

Ejemplo: Parece que cuando no hacés nada, aparece una cuenta regresiva.” El tema es quién cuenta...

"Cuando no hay un ritmo, cuando no hay un ‘ahora esto’, algo se te viene encima.

No se trata de empujar al sujeto a hacer más, sino de permitirle habitar el tiempo sin que éste se vuelva una amenaza. La angustia existencial-obsesiva no habla de la muerte, sino de la dificultad de vivir en un tiempo que no sea ni total ni definitivo. Allí donde el tiempo se vuelve aplastante, la clínica se orienta a restituir cortes, ritmos y bordes, para que el sujeto no quede capturado por un futuro que ya llegó demasiado pronto.

Veamos un caso...

Paciente joven adulto que consulta por episodios reiterados de angustia intensa, acompañados de ideas intrusivas vinculadas a la muerte, el paso del tiempo y la sensación de haber “perdido la vida”. Estos episodios no aparecen en situaciones de peligro real ni en contextos de pérdida concreta, sino de manera preferencial en momentos de vacío, inactividad o suspensión de demandas externas.

El paciente refiere que la angustia surge “cuando no está haciendo nada”, especialmente por las noches o en los intervalos entre proyectos. En esos momentos, irrumpe una vivencia de aceleración temporal: imágenes de envejecimiento, pensamientos del tipo “ya es tarde”, “no llegué a nada”, “mañana voy a ser viejo”. La muerte aparece entonces no como un hecho biológico futuro, sino como una certeza imaginaria que invade el presente.

Desde el inicio del tratamiento se observa una marcada dificultad para habitar los tiempos intermedios. El sujeto oscila entre períodos de intensa actividad —en los que se involucra de manera exigente en proyectos artísticos y laborales— y momentos de caída, donde la falta de ritmo precipita la angustia. En estos últimos, el cuerpo irrumpe con palpitaciones, vértigo y una sensación de cuenta regresiva.

La muerte cumple aquí una función precisa: introduce un límite allí donde el sujeto no logra sostener límites simbólicos parciales. En ausencia de un orden temporal que articule el deseo, la muerte se presenta como límite absoluto, organizador por vía de la amenaza. El propio paciente lo formula de manera elocuente al decir que la muerte funciona para él como “un límite al boludeo”.

Esta formulación permite leer la angustia no como miedo a morir, sino como suplencia de una falla en la función del límite. Cuando no hay una secuencia que ordene el hacer —ni un “ahora esto, después aquello”— el tiempo se vuelve total y aplastante. La muerte viene entonces a cerrar lo que no logra abrirse como proceso.

Desde el punto de vista estructural, el caso se inscribe en una lógica obsesiva, aunque con una particularidad clínica: la clásica postergación obsesiva (todavía no) se encuentra debilitada. El sujeto no logra sostener la espera como defensa, y el futuro irrumpe anticipadamente en forma de catástrofe. En lugar de aplazarse, la muerte se adelanta.

La angustia aparece así ligada a una dificultad para situarse en el tiempo del acto. El sujeto permanece alojado en una temporalidad fantasmática, donde siempre está “por llegar a ser”, pero sin asumir el riesgo de una inscripción efectiva. Allí donde el acto no se produce, emerge la muerte como reverso imaginario.

En la transferencia, esta lógica se actualiza bajo la forma de una demanda implícita de orientación y límite. El analista es convocado, no tanto como garante de sentido, sino como soporte de una temporalidad posible. Las intervenciones que resultan más eficaces no apuntan a desmentir la muerte ni a tranquilizar la angustia, sino a introducir cortes, diferencias temporales y bordes simbólicos.

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