jueves, 18 de diciembre de 2025

El borde del significante: rasgo unario, letra y límite

El problema del límite, pensado en términos de una función matemática aplicada al conjunto de los significantes, se articula desde la pregunta por su cardinalidad. Este interrogante remite directamente a la elaboración cantoriana de los números transfinitos, donde se establece que aquello que determina la extensión de un conjunto no puede, a la vez, ser uno de sus elementos. El borde del conjunto no es interior a él, sino que sólo puede ser circunscripto desde una exterioridad lógica. De allí que el límite no se presente como un elemento, sino como una función de designación: el borde sólo puede ser señalado por la letra, en la medida en que ésta lo nombra sin integrarse a lo nombrado.

Este modo de razonamiento implica necesariamente un salto, noción que encuentra su origen en Cantor, aunque también puede localizarse, desde otra vertiente, en la obra de Heidegger. El salto no es un pasaje continuo, sino una ruptura que permite delimitar un borde allí donde no hay sustancia que lo garantice.

En Lacan, el punto de partida de esta elaboración puede situarse en su trabajo sobre el rasgo unario, desarrollado inicialmente en el Seminario La identificación. Lacan retoma aquí un concepto freudiano —la identificación como operación de lazo entre el sujeto y el Otro—, pero lo desplaza hacia una lógica inédita. Este desplazamiento se produce a partir de un vaciamiento radical de toda dimensión cualitativa del rasgo: ya no se trata de lo predicable, de aquello que podría atribuirse como cualidad del sujeto, sino de lo imposible de predicar. La pregunta que se abre es entonces: ¿cómo pensar al sujeto por fuera de toda cualificación?

Esta operación introduce una distancia decisiva entre las diferencias de orden cualitativo, siempre connotativas, y otro tipo de diferencias que no se inscriben en ese registro. ¿Habría que llamarlas cuantitativas? ¿O más bien del orden de la singularidad? En cualquier caso, se trata de diferencias denotativas, en la medida en que el rasgo no califica al sujeto, sino que indica un punto de borde, una marca dejada por la ausencia de un referente último.

Desde esta perspectiva, el rasgo unario, pensado desde el sesgo de la letra, viene a designar un litoral: el borde de aquello que el significante sustrae al sujeto, tal como Lacan lo formula en “Subversión del sujeto y dialéctica del deseo”. El rasgo no representa al sujeto, sino que señala las consecuencias de la represión primaria, es decir, la pérdida estructural que funda al sujeto como tal.

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