Una de las manifestaciones clínicas de la división subjetiva se verifica en el hecho de que, al hablar, el sujeto pone en escena que es hablado más que autor de lo que enuncia. Habla, en lo esencial, sin saber lo que dice. Esta condición se expresa privilegiadamente en el síntoma, allí donde la verdad aparece amordazada y, sin embargo, insiste en hacerse oír.
La fórmula “Yo, la verdad, hablo” funciona como una prosopopeya que se despliega de manera sostenida: algo se hace escuchar, incluso resuena, como un eco que retorna. La verdad, concebida como campo, pone así de relieve un simbolismo correlativo al inconsciente, en tanto implica un decir que se oculta, que sólo se presenta bajo la forma cifrada.
Desde esta perspectiva, la interpretación en psicoanálisis adquiere un estatuto específico. En virtud de su valor simbólico, se trata de una operación de lectura y desciframiento. Interpretar no equivale a traducir —entendido esto como explicar, convertir o expresar en otro registro lingüístico—, ya que ello supondría una orientación fundamentalmente semántica.
La interpretación analítica, por el contrario, es de orden evocativo: no revela ni devela plenamente. Opera por resonancia e incluye lo no dicho, lo que la sitúa del lado del no-todo. Más aún, puede afirmarse que su mayor fecundidad proviene de tomar como horizonte aquello que resulta imposible de decir.
Este carácter evocativo se sostiene en los poderes propios de la palabra. La eficacia de la interpretación no radica únicamente en evocar un objeto definido sobre el fondo de su ausencia, sino en poner en juego el lugar del Otro. Este punto resulta central para esclarecer la afirmación lacaniana según la cual el analista no cura tanto por lo que dice, sino por el lugar desde donde lo dice. Es a través de la operación transferencial que el analista se sirve del lugar del Otro, sin intervenir directamente desde él.
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