martes, 24 de febrero de 2026

Ansiedad y angustia: una distinción estructural

En las últimas décadas, el predominio de los diagnósticos formulados a través de las distintas ediciones del Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders (DSM) ha favorecido, no pocas veces, una homologación apresurada entre ansiedad y angustia. Desde una perspectiva psicoanalítica, sin embargo, resulta fundamental diferenciarlas, ya que no responden a la misma lógica.

La ansiedad suele implicar preocupación, anticipación temerosa e incluso fenómenos de desborde. Puede pensarse como una precipitación temporal: un intento de pasar del instante de ver al momento de concluir, eludiendo el tiempo de comprender. Hay allí una urgencia por cerrar, por resolver, por obturar la hiancia que introduce la interrogación. En este sentido, la ansiedad puede entenderse como una dificultad para sostener el intervalo necesario para la elaboración.

La angustia, en cambio, tiene un estatuto clínico radicalmente distinto. Para Jacques Lacan, es el único afecto que no engaña, precisamente porque está en relación directa con lo real. No se trata simplemente de un estado de inquietud, sino de una encrucijada subjetiva que confronta al sujeto con el enigma del deseo del Otro.

La angustia señala que algo del orden del goce irrumpe más allá de la red significante. Testimonia que en el hablante no todo es simbolizable. Por eso constituye una brújula clínica para el analista: permite situar el modo en que el sujeto se posiciona frente al deseo del Otro y frente al punto en que el lenguaje falla.

Si quisiéramos trazar una diferencia estructural, podríamos decir que la ansiedad —aunque fenomenológicamente pueda confundirse con la angustia— se despliega en el intervalo entre lo simbólico y lo imaginario: está ligada a representaciones, anticipaciones y construcciones de sentido.

La angustia, en cambio, se sitúa en el borde entre lo simbólico y lo real —o, según las coordenadas, entre lo imaginario y lo real—, allí donde el significante ya no alcanza a cubrir lo que irrumpe.

Mientras la ansiedad responde a una urgencia de sentido, la angustia confronta con un límite del sentido mismo.

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