El concepto de corte adquiere una relevancia central en la enseñanza de Lacan, en la medida en que resulta inseparable de la operación del significante. Allí donde el significante opera, introduce necesariamente una discontinuidad. No hay significación sin corte.
Podemos distinguir, en este sentido, diversos estatutos del corte. En un primer nivel, de carácter sincrónico, el lenguaje mismo produce un corte sobre el viviente: lo desnaturaliza. La entrada en el campo del lenguaje separa al sujeto de la inmediatez biológica y lo inscribe en una estructura simbólica que altera radicalmente su relación con el cuerpo y con el goce.
Asimismo, la barra del algoritmo saussuriano —que separa significante y significado— puede leerse como la escritura de un corte. Lacan retoma esta cuestión, entre otros lugares, en Radiofonía, donde subraya que la barra no es un simple recurso gráfico, sino la marca de una hiancia estructural. El significante no se superpone al significado; lo divide.
La operación del significante del Nombre-del-Padre constituye otro estatuto del corte. En la medida en que introduce la ley de la metáfora paterna, produce una separación decisiva: desalojar al niño de la posición de objeto-falo para la madre. Este corte es condición de subjetivación, pues permite al niño inscribirse como sujeto del deseo y no como objeto del deseo materno.
Más adelante, Lacan deberá dar cuenta de la estructura de la interpretación analítica incluyendo explícitamente la dimensión del corte. La interpretación no se reduce a producir efectos de sentido; su eficacia radica, muchas veces, en introducir una escansión, una interrupción, un corte que afecta la economía de goce del sujeto. En la práctica analítica no sólo está en juego el significante, sino también el cuerpo, lo libidinal y lo pulsional, es decir, el campo del objeto a. El corte apunta entonces al goce y no únicamente al sentido.
El concepto adquiere además una importancia particular en el abordaje nodal de la cadena borromea. En esa formalización, los cortes, empalmes y suturas permiten pensar cómo se anudan —o se desanudan— lo real, lo simbólico y lo imaginario en cada sujeto. El corte no es aquí mera metáfora, sino operación topológica que incide en la consistencia misma del nudo.
En términos generales, el corte implica separación y, más radicalmente aún, pérdida. Lacan introduce con esta noción una dimensión que excede la simple falta. La falta supone un lugar vacío susceptible de ser ocupado por sustitución o permutación; la pérdida, en cambio, señala un desasimiento estructural que no admite restitución. Es en este punto donde el corte adquiere su radicalidad: no designa una carencia a completar, sino una marca irreversible que constituye al sujeto en su relación con el deseo y con el goce.
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