viernes, 20 de febrero de 2026

Modernidad, vaciamiento del Otro y función fundante de la palabra

El advenimiento de la modernidad, en la medida en que implica un proceso de desustancialización, introduce un desplazamiento decisivo en la concepción del mundo y del sujeto. Se abandona progresivamente la dimensión cualitativa ligada a la sustancia como soporte último de lo real. Este abandono no se produce de manera homogénea ni simultánea en todos los campos del saber, pero sí configura una operación común: la instauración de un vacío en el lugar donde antes se suponía una garantía ontológica.

Este vacío afecta no sólo a la extensión —al modo de concebir la realidad— sino también al campo del Otro. La modernidad consuma un vaciamiento radical del garante, ya se lo nombre Dios u otra instancia trascendente. El sujeto queda entonces confrontado a la soledad estructural que implica la ausencia de un fundamento último.

Se produce así una tensión entre el origen y la posición del sujeto. Si la sustancia deja de operar como soporte, el sujeto ya no puede pensarse como emanación de una esencia previa. En lugar de un origen sustancial, se introduce la materialidad de lo simbólico. Con Lacan, es la exigencia de la palabra en el campo del lenguaje lo que hace posible el advenimiento del sujeto. La subjetividad no procede de una sustancia eterna, sino de una operación que implica una temporalidad lógica, una irrupción que rompe con la idea de lo eterno ligado a la esencia.

En estos términos, el entramado entre lenguaje y palabra conduce a pensar el estatuto del Otro como “dichomansión”: la mansión o el lugar del dicho. El Otro no es una entidad sustancial, sino el espacio donde el significante tiene lugar. Es ese ámbito simbólico el que ciñe la posición del sujeto, definido por el efecto de fading que el significante imprime. El sujeto no es una sustancia, sino un efecto evanescente de la cadena significante.

Estas consideraciones permiten reafirmar el valor fundante de la palabra. Sin palabra no hay, para el sujeto, campo de la verdad. Existe una función primaria de la palabra en la misma medida en que hay una función igualmente primaria de la verdad. La palabra deviene así una materialidad operante en el devenir subjetivo: es el soporte a través del cual el significante se emplaza y hace posible un comienzo.

Este comienzo no debe confundirse con un origen. El origen remite a una causa sustancial y eterna; el inicio, en cambio, designa un acto, una inscripción simbólica. En este sentido, el concepto de “dichomansión” resulta esclarecedor: articula el lugar del dicho con la constitución del sujeto y anuda palabra, verdad y estructura en una lógica que prescinde de toda sustancialización.

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