¿Puede sostenerse que la consulta de un sujeto a un analista esté comandada de manera directa y exclusiva por el malestar?
La entrada en la cultura implica necesariamente una renuncia pulsional: por el solo hecho de habitar el campo del lenguaje, el sujeto queda afectado por un déficit estructural en el orden de la satisfacción. Este malestar, inherente a la condición hablante, acompaña al sujeto como correlato del hecho mismo de existir.
Sin embargo, dicha pérdida no se presenta sin contrapartida. La estructura ofrece vías de compensación bajo la forma de los ideales culturales y de las soluciones sublimatorias, a través de las cuales cada sujeto puede hallar modos singulares de satisfacción. En este marco, el malestar estructural puede quedar subsumido en lo que podríamos llamar el dolor de existir, sin que ello conduzca necesariamente a una demanda de análisis.
En la neurosis, la respuesta a ese malestar se organiza mediante una satisfacción supletoria, encuadrada en el fantasma, que permite una cierta recuperación en términos de plus, de excedente. Este plus cumple una función defensiva, en tanto opera como pantalla frente a la castración del Otro y sostiene un equilibrio relativo en la economía subjetiva.
Ahora bien, cuando esta satisfacción fantasmática vacila en su función, el plus deja de operar como sostén y se transforma en un penar de más, en un excedente de dolor que desborda las soluciones habituales del sujeto. Es en este punto donde puede situarse la emergencia de la consulta analítica.
Así, el sujeto no acude al analista simplemente porque sufre —ya que el sufrimiento es consustancial a la existencia—, sino porque se ve afectado por un exceso, por un más de dolor que ya no encuentra tramitación en las compensaciones que hasta entonces funcionaban. La demanda se motoriza cuando la satisfacción supletoria que mantenía a distancia la castración del Otro pierde eficacia y retorna bajo la forma de un penar de más.
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