lunes, 9 de febrero de 2026

Identificación, Ideal y castración: el lazo edípico como operación simbólica

No es un dato menor que Lacan, siguiendo en este punto a Freud, sitúe una identificación como resultado, como salida del tránsito edípico, precisamente en aquello que este recorrido tiene de configurante de la posición del sujeto.

Se trata del significante del Ideal, que viene a englobar las insignias fálicas que el sujeto detenta para dirigirse al cuerpo de un otro. Estas insignias no remiten a un objeto concreto, sino a marcas simbólicas que orientan el deseo y hacen posible el lazo.

María Moliner define la insignia como atributo, distintivo, enseña o incluso bandera. Pensar esta instancia en términos de identificación implica subrayar su valor relacional: la identificación dice de un vínculo, de un lazo. Y es justamente en este punto donde se juega el carácter configurante del tránsito edípico, en tanto forja en el sujeto un modo singular de enlazarse con el Otro y con los otros. En este sentido, la identificación expresa una relación de deseo.

Pero no solo eso: también expresa una relación de demanda y, asimismo, un vínculo pulsional. Estas tres dimensiones —deseo, demanda y pulsión—, tal como se articulan en la estructura del grafo del deseo, dan cuenta de la incidencia de la castración en la constitución subjetiva.

Para que el vínculo entre la castración y aquello que funciona como su pantalla despliegue toda su potencia, resulta indispensable situar su resorte fundamental: el significante. Se trata de una estructura que, por su preexistencia, sostiene la dialéctica de la castración y permite sustraerla del plano de la anécdota o del relato edípico entendido como “cuento”.

Desde este plafond, la castración se afirma como una operación simbólica que funda el lugar del deseo. No recae sobre un órgano —Lacan es explícito al respecto—, sino sobre el significante. Su campo es el discurso de la madre y, en consecuencia, incide sobre la posición del niño como falo para el deseo materno. Pensada de este modo, la castración queda despejada de toda imaginería que, a veces sin la debida honestidad intelectual, conduce a homologar el falo con el pene.

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