En la medida en que el sujeto no es un dato de partida sino algo que debe constituirse, puede pensarse en términos equivalentes la cuestión del cuerpo. El cuerpo tampoco es un dato inicial ni algo simplemente dado desde el comienzo.
Tal como plantea Jacques Lacan en La lógica del fantasma, el sujeto no se confunde con su cuerpo: no es el cuerpo, pero tiene uno. Y ese cuerpo, lejos de ser un mero soporte biológico, funciona en gran medida como sostén del sujeto.
Que el cuerpo deba constituirse implica que no responde directamente a la naturaleza ni a la pura materialidad biológica. Si así fuera, estaría dado desde el inicio. Por el contrario, se trata de un cuerpo que se constituye en el campo de la simbolización. En este sentido, puede retomarse la distinción introducida por Sigmund Freud a fines del siglo XIX entre las parálisis orgánicas y las histéricas: el cuerpo del que se trata en psicoanálisis es un cuerpo simbolizado, es decir, erogeneizado, atravesado por la libido y la pulsión.
El cuerpo, entonces, debe ser “tallado” por la incidencia del significante. Es a partir de ese trabajo que se delimita, se bordea, y deviene una caja de resonancia de la pulsión. Lacan afirma que la pulsión es el eco en el cuerpo del hecho de que hay un decir. Ese decir originario produce una inscripción —una letra— que funciona como litoral, estableciendo un borde. Este bordeamiento no solo delimita, sino que también organiza.
Desde esta perspectiva, que deja en segundo plano la dimensión especular del cuerpo, su consistencia no está dada de antemano, sino que depende de las resonancias pulsionales en tanto se apoyan en ese trabajo del significante. Esta apoyatura supone una literalización que, al trazar un litoral, recorta una superficie: una superficie topológica —no euclidiana— que habilita la inserción del cuerpo en una economía política del goce.
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