En el posteo anterior nos detuvimos en una pregunta clave: ¿es posible pensar al sujeto —y, por lo tanto, a la práctica del psicoanálisis— en términos de evolución?
El psicoanálisis introduce un modo radicalmente novedoso de abordar la subjetividad. Su operación implica una subversión del concepto clásico de sujeto, despojándolo de sus fundamentos filosóficos, metafísicos y ontológicos. Lejos de toda consistencia, el sujeto psicoanalítico se define como evanescente, supuesto y dividido; es solidario de la falta, correlativo de la falla, y queda inscripto en la inconsistencia y la incompletitud. En este sentido, el sujeto está estructuralmente ligado a una aporía.
Se trata de un sujeto que testimonia aquello inasible: efecto del significante que, sin embargo, no logra ser plenamente dicho. Solo puede ser bordeado como falta, lo que conduce a pensarlo como innumerable. A su vez, su posición sexual se ve afectada por un límite estructural: el significante no logra escribirla de manera definitiva.
Es en el marco de esta imposibilidad donde emergen los semblantes, a través de los cuales el sujeto se inviste para asumir una posición sexuada. Estos operan como intentos de sutura de esa falta en ser, dando forma a modos singulares de goce. Ahora bien, si en el nivel de los semblantes pueden verificarse transformaciones —incluso la aparición de modalidades inéditas de goce—, esto no autoriza a hablar de una evolución.
¿Qué permitiría afirmar que los semblantes actuales son “mejores” que los de otras épocas? El psicoanálisis puede dar cuenta de variaciones, pero no de un progreso en sentido estricto. Esas transformaciones no eliminan la aporía estructural que define al sujeto en tanto sexuado.
Por ello, en la práctica analítica, no se trata de confundir los cambios en los semblantes con una modificación del axioma que sostiene el campo. Lo que no cesa de no escribirse permanece. Y cabría preguntarse: ¿qué consecuencias tendría, a nivel del deseo, suponer que ese axioma podría ser alterado?
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