María Moliner define el verbo urgir como aquello que apremia al sujeto. No se trata solo de algo que lo condiciona, sino de una exigencia que se impone con fuerza y que, en el plano fenomenológico, suele acompañarse de una cierta precipitación temporal.
Desde la perspectiva del psicoanálisis, la urgencia interroga el funcionamiento de aquello que, en el sujeto, opera como defensa frente a la irrupción pulsional. En este sentido, podría pensarse que la urgencia señala un momento en el que esas defensas —utilizando un término freudiano— dejan de operar con la eficacia habitual, se interrumpen o atraviesan algún tipo de alteración.
Así, en psicoanálisis, una urgencia puede dar cuenta de un estado o de un contexto específico en la vida de una persona en el que el entramado significante que la sostenía vacila. Cuando ese soporte simbólico se debilita, el sujeto puede quedar expuesto, sin recursos, frente a la irrupción de la pulsión.
No obstante, también es posible vincular la urgencia con ciertos momentos decisivos en la constitución subjetiva, particularmente en aquellos tiempos en los que el sujeto se confronta con la asunción de una posición sexuada. Bajo esta perspectiva, la urgencia puede pensarse como el signo de un sujeto que se encuentra urgido por la pulsión.
De este modo, la urgencia no sería necesariamente algo opuesto al equilibrio o a la homeostasis, sino más bien la forma clínica en la que se manifiesta aquello que Freud ya había señalado como imposible de dominar plenamente. Pensada desde esta perspectiva, surge entonces una pregunta: ¿la urgencia debe considerarse como algo necesario en la economía psíquica o como un fenómeno contingente?
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