jueves, 12 de marzo de 2026

La transferencia más allá del afecto

Si se trata de dar razones, conviene comenzar preguntando: ¿qué es la transferencia? Para abordarla en su articulación con la repetición, la pulsión y el inconsciente en su dimensión real, Jacques Lacan propone, en el Seminario 11, un movimiento inicial decisivo: separarla del afecto. Esto implica que la transferencia no puede reducirse a lo que al analizante “le ocurre” con la persona del analista. En consecuencia, se vuelve necesario desplazarla hacia un registro distinto del meramente vivencial.

Para hacer operativa esta distinción, Lacan afirma que “el arte de escuchar casi equivale al del bien decir”. Ese casi introduce una diferencia fundamental. El bien decir queda del lado del analizante, en la medida en que el trabajo analítico le exige inventar un modo de decir que borde lo imposible y dé forma al límite del efecto castrativo. Sin embargo, ese casi también especifica la posición del analista en la escucha. No le está permitido caer en la vulgarización que supone que interpretar consiste en otorgar sentido a lo que “le pasa” al sujeto, ni en señalar la “actualización” de una repetición como si se tratara simplemente de un aquí y ahora entre paciente y analista.

En este punto resulta clave la definición lacaniana de la interpretación como algo situado entre la cita y el enigma. Interpretar implica producir un decir que, sirviéndose del texto del discurso del analizante, atraviese los velos del sentido para hacer aparecer la pregunta por el deseo que esos sentidos encubren. La interpretación, entonces, no completa el sentido sino que lo desarma, produciendo un enigma allí donde antes había una respuesta.

La transferencia, por su parte, implica un campo específico —que podría llamarse la temporalidad del corte— en el cual la presencia del analista (no la de su persona) resulta indispensable. En su elaboración teórica, Lacan retira al psicoanalista del lugar de medida de la realidad —algo cercano a una causa teleológica— y lo sustituye por una concepción de la causalidad que introduce la hiancia, es decir, un intervalo entre causa y efecto. Sin esa brecha no podría pensarse el deseo, o bien se correría el riesgo de reducirlo a la lógica de la demanda.

Desde esta perspectiva, la transferencia implica necesariamente un fallo, un desencuentro estructural. Es el campo en el que el sujeto se dirige en busca de aquello que le falta, para encontrarse, finalmente, con aquello que no hay.

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