A Lacan le interesò la figura del trovador medieval, fundamentalmente por lo que permite pensar acerca del amor cortés, y el amor cortés ocupa un lugar muy importante en su elaboración sobre el deseo y el goce.
El trovador es interesante porque su canto se organiza alrededor de una mujer que es elevada a la posición de Dama, pero justamente una Dama a la que el sujeto no puede acceder. No se trata simplemente de que el trovador ame a una mujer y no pueda conquistarla: la inaccesibilidad misma de la Dama es constitutiva de la relación. El deseo se sostiene en torno a un objeto que se mantiene a distancia.
Ahí aparece una cuestión central para Lacan: el amor cortés inventa un modo de tratar con el vacío. La Dama funciona menos como una persona concreta que como un lugar alrededor del cual se organiza el deseo. Por eso Lacan puede vincularla con la función del objeto a: no porque la Dama sea literalmente el objeto a, sino porque ocupa una posición que permite hacer surgir y sostener el deseo mediante una falta.
Pero hay algo todavía más interesante: Lacan no piensa el amor cortés simplemente como una forma sublimada de sexualidad. En el Seminario 7, La ética del psicoanálisis, lo utiliza para mostrar cómo una construcción simbólica puede producir una determinada relación con el goce. La Dama es sometida a una idealización extrema, pero esa idealización no elimina la dimensión pulsional; al contrario, puede funcionar como una forma de rodear el goce. El objeto amado queda colocado en un lugar de inaccesibilidad casi absoluta y, precisamente por eso, adquiere una intensidad particular.
Por eso el trovador es una figura especialmente buena para Lacan: canta alrededor de algo que no puede alcanzar. La poesía no viene simplemente a expresar un amor previamente existente; mediante sus reglas, sus obstáculos, sus metáforas y sus rodeos, construye el lugar del objeto. El canto bordea aquello que no puede decirse directamente.
Y acá aparece una conexión muy linda con lo que veníamos trabajando sobre topología y cuerpo. En ambos casos Lacan está interesado en una lógica donde no se trata de representar directamente un objeto, sino de hacer existir un vacío mediante un borde, un rodeo, una construcción. El trovador no necesita mostrar qué hay detrás de la Dama: necesita construir alrededor de ella un espacio de inaccesibilidad.
¿Por qué justamente en relación con el goce?
Porque Lacan llega a una formulación bastante provocadora: el amor cortés es una manera de hacer con el goce mediante la imposición de una cierta inaccesibilidad al objeto.
En el Seminario 20, Aún, esto adquiere todavía otra dimensión, porque Lacan retoma el amor cortés cuando está elaborando las fórmulas de la sexuación y las modalidades del goce. Allí el amor aparece cada vez más claramente como una respuesta frente a la imposibilidad de la relación sexual.
En ese sentido, el trovador es casi un paradigma lacaniano: allí donde no hay acceso directo al objeto, el sujeto inventa un discurso, un ritual, una serie de reglas y una ficción amorosa que permiten sostener el deseo y, al mismo tiempo, hacer existir algo del goce.
Y hay una frase de Lacan que resume muy bien la paradoja: en el amor cortés, la Dama es elevada a una posición de “cosa” inaccesible. No se trata de conseguirla; se trata de mantenerla en ese lugar. Porque si efectivamente se obtuviera el objeto, podría desarmarse justamente aquello que sostenía el deseo.
la Dama del amor cortés permite a Lacan pensar cómo el deseo puede sostenerse precisamente a partir de la imposibilidad de acceder al objeto, y cómo eso conduce directamente al problema de la sublimación y del goce.
Esto es decisivo para Lacan. Porque si la Dama fuera simplemente una mujer que el trovador desea sexualmente, no habría nada particularmente interesante. Lo que importa es que la Dama es colocada en un lugar que excede a la persona concreta.
Lacan llega a decir en el Seminario 7 que la Dama es elevada a la dignidad de la Cosa (das Ding). Y ahí aparece la primera gran articulación:
Dama → Cosa → objeto del deseo → sublimación.
La Dama queda colocada en el lugar de algo que el sujeto desea, pero que no puede poseer.
Si deseo algo y lo obtengo, el circuito puede cerrarse. Pero el deseo humano se encuentra estructuralmente articulado con una falta.
El amor cortés produce artificialmente una situación extraordinariamente favorable para que el deseo se mantenga: "el objeto está ahí, pero el acceso al objeto está prohibido".
La Dama está suficientemente cerca como para causar el deseo y suficientemente lejos como para impedir su consumación.
Por eso el trovador puede pasar años cantando a la misma Dama sin que la relación necesite consumarse. El obstáculo no es un accidente del amor: es lo que permite que el amor se sostenga como tal.
Y acá aparece una intuición muy lacaniana: "el objeto causa el deseo justamente porque no puede ser completamente poseído".
Acá conviene ser cuidadosos. La Dama no es simplemente el objeto a. Son elaboraciones de momentos diferentes de la enseñanza de Lacan y no conviene hacer una equivalencia mecánica.
Pero hay una homología estructural muy fecunda. El objeto a no es un objeto empírico que pueda encontrarse y poseerse. Es aquello que, desprendido de la experiencia del sujeto, causa su deseo.
La Dama funciona de manera semejante: no vale tanto por sus características personales como por el lugar que ocupa en la estructura del deseo.
Por eso podemos decir: el trovador no desea simplemente a la mujer; desea desde el lugar que la Dama ocupa. La Dama funciona como un punto alrededor del cual se organiza todo un circuito significante.
Y esto explica algo que de otro modo resulta bastante extraño: cuanto más inaccesible es la Dama, más prolífico puede ser el discurso amoroso.
Esta es probablemente la cuestión más importante del Seminario 7. Lacan define la sublimación mediante una fórmula célebre: “elevar un objeto a la dignidad de la Cosa”. La Dama es el ejemplo paradigmático.
¿Qué quiere decir esto?
Que algo que podría ser un objeto cualquiera —una mujer concreta— es elevado a una posición excepcional. Se la separa de su condición de objeto ordinario y se la coloca en el lugar de la Cosa, ese punto alrededor del cual se organiza el deseo pero que no puede ser plenamente simbolizado ni alcanzado.
La sublimación no consiste entonces en eliminar la pulsión sexual. Ese es un punto fundamental.
No se trata de que el trovador tenga un amor "espiritual" porque haya dejado atrás la sexualidad. Al contrario: la pulsión sigue estando allí, pero encuentra una forma particular de satisfacción a través de la construcción de ese objeto idealizado.
El canto, la poesía, el ritual, la espera, la distancia, la prohibición: todo eso constituye una manera de bordear la Cosa.
Pero Lacan quiere ir más lejos. Hay goce en esa imposibilidad misma.
El trovador obtiene algo de esa posición. No solamente sufre porque no puede acceder a la Dama: también hay una satisfacción paradójica en sostener ese circuito de deseo insatisfecho.
Por eso el obstáculo puede convertirse en condición de goce. Y esto conecta directamente con algo que veníamos trabajando: el deseo necesita una causa; el goce necesita una condición.
En el amor cortés, la inaccesibilidad de la Dama funciona como una condición que permite mantener determinada modalidad de goce. La Dama no tiene que ser conquistada. Tiene que permanecer en su lugar.
Esto permite entender por qué Lacan se interesa tanto por la poesía trovadoresca.
El trovador produce interminablemente significantes alrededor de algo que no puede alcanzar.
No dice simplemente: "Quiero a esta mujer.". Construye todo un universo alrededor de ella.
La alaba, la idealiza, se declara indigno, promete fidelidad, acepta pruebas, soporta obstáculos, canta su ausencia. El goce se desplaza al propio circuito significante.
El objeto queda en el centro como una especie de vacío, mientras el discurso gira alrededor. Y esto es extraordinariamente lacaniano: no se trata de llenar el vacío sino de construir algo alrededor de él.
En el Seminario 7, Lacan utiliza das Ding para pensar aquello que queda fuera de la representación y alrededor de lo cual se organiza el campo del deseo.
La Cosa no es un objeto que podamos representar adecuadamente.
Y acá el amor cortés le proporciona una especie de demostración histórica:
la Dama funciona porque es mantenida a distancia de la representación ordinaria del objeto.
No importa tanto quién es la mujer real. Importa el lugar que ocupa.
La poesía construye una distancia respecto de ella y, al hacerlo, produce el objeto como objeto del deseo.
Esto explica la enorme cantidad de reglas que tiene el amor cortés. No son ornamentales. Son el dispositivo que permite mantener la distancia.
Acá está, a mi juicio, el puente más interesante con el Lacan posterior. En el amor cortés encontramos una solución extremadamente particular a una imposibilidad:
no hay acceso pleno al Otro del sexo.
En vez de resolver esa imposibilidad mediante una relación sexual efectiva, el amor cortés construye un Otro inaccesible y organiza alrededor de él el deseo y el goce.
Por eso Lacan puede leerlo como una especie de invención frente a la imposibilidad de la relación sexual.
La Dama ocupa el lugar del Otro, pero es un Otro que queda radicalmente fuera de alcance.
Y el trovador encuentra allí una manera de hacer existir una relación mediante el discurso precisamente allí donde la relación sexual no puede escribirse como relación entre dos complementarios.
El amor cortés parece decir: "Te amo porque no puedo tenerte."
Pero Lacan permite llevarlo un paso más lejos: "Necesito no tenerte para poder seguir amándote."
Y todavía un paso más: "Necesito que permanezcas inaccesible para que pueda sostenerse esta modalidad de goce."
Ahí la Dama deja de ser simplemente el objeto amado y pasa a funcionar como una pieza estructural en la economía del deseo y del goce.
Por eso el trovador le interesa tanto a Lacan: porque muestra, en una forma histórica y poética, algo que el psicoanálisis encuentra una y otra vez: el sujeto no se relaciona simplemente con objetos que quiere obtener; muchas veces necesita construir una determinada distancia respecto del objeto para que su deseo —y su goce— puedan sostenerse.

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