En el retorno a Freud, la noción de intersubjetividad ocupa un lugar central para pensar la relación entre el sujeto y el Otro. El concepto de reconocimiento, tomado de la lectura hegeliana del deseo —“el deseo es el deseo del Otro”— se vuelve indispensable para ubicar la función de la palabra como acto. Es a partir de este reconocimiento que Lacan formaliza, en el esquema L, el vínculo entre el sujeto y el Otro: el sujeto recibe la palabra desde el Otro, incluso antes de que ese Otro pueda ser definido como lugar.
En este contexto aparece una afirmación en apariencia paradójica: Lacan habla de un “acto del sujeto”. Leída ingenuamente, podría sugerir que el sujeto sería agente de alguna acción propia, lo cual contradice la subversión del sujeto que Lacan instala —ese sujeto no es autónomo, sino efecto del significante.
La frase cobra sentido si se lee de otro modo: el “acto del sujeto” no nombra una acción realizada por un sujeto ya constituido, sino la operación por la cual el sujeto adviene como correlato de un acto de palabra. No es que el sujeto actúe: es producido por un acto, uno que proviene del Otro. El sujeto coincide con ese mensaje que recibe de forma invertida, y su lugar se instituye en el interior mismo de ese movimiento.
Pensado así, el acto que funda al sujeto implica una impronta que deja huella: la palabra no sólo articula, sino que escribe. Desde Freud esto está presente: el inconsciente se presenta como un conjunto de “jeroglíficos”, trazos que fijan la dependencia del sujeto respecto del Otro primordial. Esa marca inaugural constituye el texto inconsciente, algo que se ofrece a ser leído y cuya verdad se despliega en la interpretación analítica.
Esta perspectiva aclara la función del psicoanalista: no es su persona la que importa, sino el lugar que ocupa como destinatario de ese texto inconsciente que se dirige al Otro. Su tarea se sitúa allí donde la palabra —en su valor de acto— abre la posibilidad de leer las marcas que hicieron surgir al sujeto.
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