El lenguaje y el símbolo constituyen el campo propio de la praxis analítica. Aunque esto pueda sonar evidente, adquiere otro relieve si se lo sitúa en el contexto en que Lacan inaugura su enseñanza: un momento en el que el psicoanálisis francés tendía a deslizarse hacia lo vivencial o lo emocional, alejándose del planteo freudiano que sitúa los efectos del inconsciente en la palabra y el lenguaje.
Desde esta reapertura, el psicoanálisis se define como una clínica de la palabra: los fenómenos clínicos —sueños, lapsus, chistes, síntomas— poseen la misma estructura que la estructura. Esta formulación, retomada con fuerza en el Seminario 3 sobre las psicosis, habilita la extensión del campo analítico a posiciones subjetivas antes consideradas ajenas al análisis.
¿A qué fenómenos se refiere Lacan? A las formaciones del inconsciente, cuyo análisis se realiza mediante una “técnica verbal”: un trabajo estrictamente significante. Esto implica pensar el inconsciente no como una zona psíquica profunda, sino como un funcionamiento estructural que se manifiesta en sus efectos.
Trabajar “por los efectos” del inconsciente supone poner en acto el valor del equívoco, incluso del malentendido, dado que el inconsciente está estructurado como un lenguaje. De aquí se desprende una consecuencia fundamental: los conceptos del psicoanálisis están trenzados con la práctica no porque surjan de una clasificación de casos, sino porque permiten leer más allá de lo meramente fenoménico. Cuando los conceptos se reducen a tipologías clínicas, el psicoanálisis deriva hacia el positivismo.
Freud ya había formulado esto al concebir el inconsciente como un rebus, una escritura que demanda desciframiento. En ese texto cifrado lo que está en juego es la verdad del deseo, la que sostiene la posición del sujeto allí donde éste carece del significante que podría otorgarle identidad.
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