“El nudo borromeo es una escritura. Esta escritura sostiene un real. ¿Puede un real sostenerse por una escritura? Claro que sí —e incluso diré más: de lo real no hay otra idea sensible que el rasgo de escrito”. Así abre Lacan su Seminario RSI, situando la escritura como el único modo de aproximación al real propio de la experiencia analítica.
Esta escritura, que se formaliza en la cadena borromea, no sólo recorta y delimita, sino que permite operar sobre ese real al anudarlo con dos consistencias más: lo simbólico y lo imaginario. Sin este anudamiento, el real —por estructura— ex-siste: su ex indica la exterioridad radical tanto respecto del sentido simbólico como de la forma imaginaria.
Una vez establecida esta especificidad estructural del lazo borromeo, Lacan se dedica a retomar ciertos puntos donde su orientación se distancia de la freudiana. En Caracas dirá explícitamente: “Mis tres no son los de Freud”. Mientras que los de Freud —en ese contexto— remiten a los de la segunda tópica, Lacan subraya que en Freud persiste un elemento que funciona como cuarto anudante: la realidad psíquica, condensada en el complejo de Edipo.
Es precisamente este cuarto —y su función de amarre— lo que Lacan coloca bajo interrogación. La revisión del estatuto del anudamiento edípico se vuelve solidaria de un trabajo sistemático sobre las modalidades posibles de lazo entre lo simbólico, lo imaginario y lo real. Este trabajo se ve impulsado, y nosotros lo retomamos siguiendo a Shejtman, por la necesidad de diferenciar tipos de nudos: aquellos que responden a la lógica borromea y aquellos que no.
A partir de aquí, Lacan desplegará distintas variantes del modo en que RSI pueden sostenerse unidos, elaboración que se precisa con mayor detenimiento en los seminarios que continúan a RSI, donde la cuestión del cuarto —y de lo que hace anudación— se vuelve central para la práctica.
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