El reconocimiento es, en su fundamento, un acto de palabra. Es desde esa operación que el deseo de reconocimiento introduce en el niño la posibilidad misma del sujeto del inconsciente. Sin embargo, ya desde Freud, la experiencia analítica muestra que la cura no se limita a la eficacia de la palabra, sino que se orienta también hacia aquellos puntos donde la palabra tropieza, falla o se revela insuficiente.
El psicoanálisis se sostiene, entonces, en una tensión estructural: se apoya en la potencia de la palabra al mismo tiempo que dirige su trabajo hacia los lugares donde dicha potencia encuentra su límite. No es casual que el lugar del sujeto coincida precisamente con ese punto paradojal. En Función y campo de la palabra y el lenguaje en psicoanálisis, Lacan delimita tres formas privilegiadas de esta paradoja.
La primera se manifiesta en la locura —término que Lacan utiliza deliberadamente, sin reducirlo a la psicosis—. Allí, la aparente libertad de la palabra encubre en realidad la ausencia de un anclaje simbólico. La palabra no se dirige a un Otro, porque el sujeto ha renunciado a hacerse reconocer. Como consecuencia, el sujeto queda objetivado: no hay acto de palabra que lo instituya, sino un decir que se despliega sin destinatario.
La segunda paradoja concierne al síntoma. En este caso, la palabra está expulsada en el sentido de lo amordazado, reprimido, aunque no por ello privada de efectos. El síntoma funciona como índice de aquello que no pudo ser dicho, como una escritura del conflicto en el cuerpo o en el acto. A diferencia de la locura, esta palabra expulsada sigue dirigida al Otro: el síntoma es, en este sentido, una “palabra de ejercicio pleno”, aun cuando no se articule en el discurso consciente.
La tercera paradoja emerge cuando se borra la distinción entre el sujeto dividido y el moi. Esta confusión, lejos de ser excepcional, es frecuente en la práctica clínica. Allí, el sujeto queda objetivado en su propio discurso, identificado con lo que piensa o con lo que supone saber. El trabajo analítico, en estos casos, apunta a introducir una separación, orientando el decir hacia una posición de docta ignorancia, condición para que el sujeto pueda reaparecer como efecto de la palabra y no como su dueño.
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