lunes, 12 de enero de 2026

La supervisión como lectura: recorte, pérdida y posición del analista

Así como no existe una única manera de analizarse, tampoco hay un criterio universal que permita pensar, de antemano, cómo debe armarse una supervisión. Cada supervisión se configura a partir de una singularidad, tanto del caso como de la posición del analista que la solicita.

En un primer momento, resulta fundamental aislar con la mayor rigurosidad posible la pregunta, el obstáculo o la dificultad que motiva la supervisión. No se trata de “supervisar un caso” en su totalidad, sino de delimitar con precisión qué es lo que hace problema y convoca a la consulta.

En segundo lugar, es necesario advertir que la supervisión trabaja siempre sobre un texto, pero no sobre el texto del analizante. El material que se pone en juego es el texto recortado por quien escucha al sujeto. Lo que se supervisa es, entonces, el modo en que el analista construye ese texto a partir de su escucha. Este pasaje de un texto a otro comporta inevitablemente una pérdida, y es justamente en esa pérdida donde se vuelve legible la posición desde la cual escucha quien acude a supervisión.

De allí la importancia de una escucha orientada a recortar, en el discurso del sujeto, aquellos significantes que resultan determinantes. Este recorte puede pensarse de un modo análogo a la distancia que separa el sueño del relato del sueño en el análisis: lo que el sujeto dice del sueño no es el sueño mismo. Hay, allí también, una pérdida estructural.

Leída en estos términos, la supervisión se vuelve especialmente interesante porque pone en primer plano la escucha del analista, tal como se manifiesta en el modo en que selecciona y organiza el material. ¿Qué fragmentos privilegia? ¿Dónde sitúa los puntos de insistencia o de ruptura en el discurso? Es en esas elecciones donde se juega, de manera decisiva, el trabajo de la supervisión.

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