Establecer lo real de la división del sujeto no implica únicamente articular la función del objeto respecto de esa división, sino hacer de ella un rasgo constitutivo del campo mismo del psicoanálisis. De allí la afirmación lacaniana según la cual “de nuestra posición de sujeto somos siempre responsables”. Conviene subrayar el uso del singular: pluralizar al sujeto —como ocurre en no pocas lecturas— es una de las vías por las cuales se lo reifica, devolviéndolo a una consistencia entitativa que el psicoanálisis justamente cuestiona.
Desde Subversión del sujeto…, el sujeto queda situado como dividido entre saber y verdad, es decir, en una “frontera sensible” que funciona como un litoral. Mantener abierto ese borde constituye una exigencia ética propia del psicoanálisis, en clara diferencia con la ciencia, que tiende a clausurarlo. La introducción de este litoral afirma el viraje topológico al que Lacan se ve necesariamente conducido al pensar al sujeto del inconsciente. Basta recordar la noción de “exclusión interna”, retomada en el Seminario 13: una lógica que impide un deslinde nítido entre interior y exterior, o entre derecho y revés.
Esta exclusión interna imposibilita que el sujeto sea causa de sí mismo. La causa queda entonces situada “afuera y perdida”, y ese afuera en Lacan resulta siempre problemático, aun cuando pueda pensarse no como una simple exterioridad empírica, sino en términos de una ex-sistencia. No se trata de un afuera localizable, sino de un borde estructural que sostiene la división.
Este modo de concebir la causalidad en psicoanálisis determina, a su vez, el estatuto del objeto. Tal es la elaboración que se despliega en El objeto del psicoanálisis, donde Lacan logra precisar la lógica del objeto a en tanto real. Pensar al sujeto como dividido exige, correlativamente, una redefinición del objeto, y en ese punto se verifica una consistencia tanto conceptual como clínica entre la subversión del sujeto y el estatuto del objeto a como real.
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