Desde esta perspectiva, la adolescencia no puede leerse como un simple período cronológico inserto en una secuencia evolutiva. Se trata, más bien, de un momento que adquiere sentido retroactivamente en relación con dos tiempos lógicos anteriores.
El primero corresponde a la operación sincrónica de los elementos significantes que Freud formalizó bajo el nombre de complejo de Edipo. Esta estructura no sólo organiza la posición inconsciente del sujeto, sino que también posibilita la asunción de una posición sexuada. Allí se inscriben las coordenadas simbólicas fundamentales que orientarán la vida psíquica.
El segundo tiempo decisivo es el período de latencia. En esta etapa, el sujeto ya dispone de los recursos simbólicos heredados del Otro. Esos significantes, apropiados y transmitidos, constituyen el bagaje con el cual podrá afrontar posteriormente el despertar sexual que irrumpe con la pubertad.
Pubertad y adolescencia marcan, entonces, un segundo despertar sexual. No se trata de la configuración pulsional infantil primaria, sino de un tiempo de resignificación. La sexualidad ya no queda circunscripta al campo fantasmático infantil, sino que exige una confrontación con el partenaire y con el cuerpo en su dimensión real.
El cuerpo adquiere una nueva consistencia y abre posibilidades que en la infancia no estaban disponibles. La adolescencia se presenta así como un momento de verificación: es el tiempo en que se pone a prueba la eficacia simbólica de los significantes heredados del Otro. Allí se evalúa si esos recursos alcanzan para responder al empuje pulsional y a la exigencia de la sexuación.
Por eso la adolescencia es un momento de borde, de inestabilidad y de reconfiguración. No inaugura la estructura, pero sí la confronta con lo real del cuerpo y del goce, obligando al sujeto a reinscribir su posición en relación con el deseo, el Otro y la diferencia sexual.
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