miércoles, 4 de febrero de 2026

La topología de la angustia

¿Por qué en el Seminario 10 Lacan despliega con tanta fuerza la topología, en particular la de las superficies no orientables y uniláteras —aquellas que, precisamente, no pueden sumergirse en el espacio euclidiano ni, por lo tanto, representarse? La apuesta es clara: la topología ofrece un recurso para pensar aquello de la angustia que se sustrae a la representación.

En la experiencia de la angustia, el sujeto no duda de lo que le ocurre —sabe que está angustiado—, pero ignora su causa. Ese no saber, más allá de las respuestas siempre contingentes que pueda ensayar, no es un déficit accidental sino una dimensión constitutiva del fenómeno mismo. La topología permite dar cuenta de esta paradoja: una certeza afectiva sin saber articulable.

El campo de la angustia se organiza entonces de modo orográfico: relieves, bordes y litorales que inscriben la función de corte del significante. Ese campo no es otro que el del cuerpo. La angustia, en tanto afecto corporal, se produce como efecto del significante sobre el cuerpo, pero no se reduce a un efecto de sentido ni de significación.

En esta articulación resulta decisivo el matema i(a) del grafo del deseo. Allí se condensa el modo imaginario del fantasma: por un lado, la i de la imagen especular —los brillos fálicos, los agalmáta—; por otro, el objeto a como núcleo opaco, irreductible a la imagen. La conjunción de ambas dimensiones señala un punto de tensión estructural.

La angustia testimonia justamente ese borde: el límite entre lo que puede ser representado, espejado y dotado de significación, y aquello que no accede a esa operación. Marca la distancia entre lo investido libidinalmente y lo que permanece fuera de la vestidura libidinal. Lo unheimlich, lo siniestro, constituye aquí un ejemplo privilegiado: indica el modo en que irrumpe en el sujeto aquello que no ha sido capturado por el velo libidinal y, por eso mismo, inquieta.

Desde esta perspectiva se desprende un problema clínico central. Una cosa es que el sujeto pueda dar testimonio de la angustia señal —aquella que, en tanto señal en el yo de algo externo, se inscribe en el campo y permite cierta elaboración—; otra muy distinta es cuando irrumpe un quantum de angustia que lo deja sin palabras y lo confronta con el riesgo del pasaje al acto. En estos casos, se vuelven necesarias intervenciones y operaciones específicas orientadas a modular esa angustia invasiva que desborda los límites del marco. Sin esa modulación, la conmoción es tal que el sujeto queda impedido de tomar la palabra.

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