lunes, 9 de febrero de 2026

Núcleo patógeno, despertar y real: entre el fantasma y la contingencia

Se trata del lugar del núcleo patógeno freudiano en la sintaxis significante, la cual, en Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, es caracterizada como preconsciente, es decir, como capaz de palabra y de articulación. Este planteo permite distinguir con claridad lo articulado —aquello que funciona como sostén, como plafond— de lo inasimilable, de lo intratable. Se trata de registros diferentes cuya separación vuelve evidente que el psicoanálisis sólo puede acceder a lo real a través del semblante.

Si el automaton simbólico está hecho para dormir, lo real aparece aquí, de modo llamativo, definido como algo del orden de la “identidad de percepción”. Definirlo de este modo ya lo sitúa del lado de lo imposible. Además, se trata de algo que, si llega a atisbarse, sólo es accesible en la temporalidad de un relámpago. No es otra cosa que el valor causal de la hiancia en el sujeto: aquello que permanece idéntico a sí mismo en la medida en que no es alcanzado por la negativización significante. En este punto, Lacan introduce una afirmación no exenta de equívocos: se trata de “la realidad que determina el despertar”.

La pregunta por aquello que despierta es, en sí misma, equívoca. ¿Por qué en algunos casos algo irrumpe y despierta al sujeto, interrumpiendo el dormir, mientras que en otros queda absorbido por el sueño? ¿Se trata de una cuestión de magnitud, de intensidad, o más bien de un espesor temporal?

La relación entre el sujeto y el Otro —a partir de la cual se construye su historia— constituye el material con el que se arma el fantasma, y el fantasma es, precisamente, algo hecho para dormir. Entonces, ¿a partir de qué puede producirse el despertar de un sujeto? Aquí conviene distinguir entre el despertar analítico y el despertar propio de la vigilia. En ambos casos, puede pensarse la existencia de un litoral, de un borde, ejemplificado por ciertos fenómenos inquietantes que se producen entre el sueño y la vigilia, como las experiencias de extrañeza.

La dirección de la cura se orienta a causar en el sujeto una posición deseante. Para ello, el trabajo analítico implica necesariamente la puesta en juego de lo real traumático, en tanto aquello que rige el proceso primario y ocupa un lugar axial en la experiencia.

En el despertar, algo de lo real se hace oír. Sin embargo, entre el despertar y la captura de lo real hay un desencuentro estructural: el despertar no equivale a la aprehensión de lo real. No hay despertar sin desencuentro.

El despertar constituye la condición de posibilidad para trascender aquello que, en el sujeto, está hecho para dormir: el fantasma. En ese movimiento, puede abrirse un margen más allá del Otro de origen.

Resulta fundamental subrayar que la posición deseante es siempre contingente y no está garantizada. Por ello, un análisis es una apuesta y no un cálculo: no hay modo de anticipar su resultado ni de asegurar de antemano el efecto esperado.

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