lunes, 9 de febrero de 2026

Perversión, pulsión y estructura: del prejuicio moral a la lógica del fantasma

El término perversión suele inducir a equívocos, inclinándonos a pensarla como un conjunto de actos moralmente reprochables o incluso como conductas reñidas con la ley. Sin embargo, Freud es categórico al desplazar esta lectura: la perversión no se interroga desde la moral, sino desde la pulsión. Este viraje es decisivo, ya que permite, con Lacan, precisar el cariz perverso del fantasma, más allá de sus manifestaciones particulares.

El fantasma es perverso en tanto constituye el lugar de fijación de la pulsión, el punto donde se emplaza un goce que permite al sujeto mantenerse a cierta distancia de lo traumático, entendido aquí en términos económicos. En este sentido, la perversión no remite ante todo a un tipo de acto, sino a una lógica de goce que organiza la relación del sujeto con lo real.

Tanto Freud como Lacan subrayan la necesidad de distinguir entre el carácter polimorfo de la satisfacción pulsional en el hablante y la perversión clínica propiamente dicha. Esta última, al igual que la neurosis y la psicosis, constituye una estructura, es decir, una posición del sujeto respecto del deseo del Otro.

Desde esta perspectiva, la perversión puede pensarse como una defensa: una respuesta que el sujeto elabora para resguardarse de lo traumático de la castración en el Otro. No se trata de la ausencia de castración, sino de un modo particular de tratarla, de responder a ella.

Por eso, cuando Lacan interroga los distintos modos en que se articula el deseo como deseo del Otro, puede situar en la perversión lo que denomina una voluntad de goce. Se trata de una posición fantasmática que opera como defensa frente al deseo, fijando al sujeto en una modalidad de satisfacción que evita el encuentro con la falta.

Esta concepción habilita un abordaje de la perversión desde el prisma de la estructura, despejando los atolladeros a los que conduce un diagnóstico apoyado exclusivamente en el síntoma o en la valoración de las conductas. De este modo, la perversión se piensa no como desviación moral, sino como una lógica subjetiva rigurosa.

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