Raúl Yafar, en reiteradas conferencias y su libro, sitúa las particularidades el discurso depresivo.
Partiendo del texto que está en juego en Sobre la transitoriedad de Sigmund Freud, este psicoanalista observa algo finísimo: el poeta que ve la belleza de las flores (registro perceptivo intacto), pero no puede disfrutarlas porque se van a marchitar.
Es decir, por una intervención del pensamiento, hay un corte en el goce. No es que no haya objeto, sino que el objeto queda neutralizado por anticipación de su pérdida.
Yafar comienza a delinear el discurso depresivo como una forma de defensa que, mediante la argumentación, desvaloriza anticipadamente el objeto para evitar la implicación pulsional y la pérdida. No se trata simplemente de “estar triste”, sino de un modo de pensar, justificar y de no entrar en la experiencia.
Se puede escribir casi como una fórmula clínica:
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Aparece un objeto valioso (amor, belleza, proyecto)
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Se anticipa su pérdida (seguro va a terminar)
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Se concluye: “no vale la pena”
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Resultado: renuncia al deseo
No estamos ante un duelo… sino más bien de la evitación del duelo antes de que ocurra.
Yafar enseña que el depresivo no solo siente, sino que argumenta. Ejemplos típicos: “Todo termina”, “Nada dura”, “Para qué encariñarse”, “Si no es perfecto, no sirve”. Incluso en un análisis, esto arma una coherencia lógica que protege al sujeto. Incluso aunque muchas veces el paciente tenga razón, esa razón funciona como defensa.
El autor hace una muy pertinente distinción entre la idealización de un objeto (propia del amor) y la idolización, que es propia del narcisismo. El objeto válido sería eterno, sin falta y no perecedero. Indica Yafar que esto lo acerca mucho a una lógica casi platónica, donde el mundo sensible queda degradado. Como consecuencia, si el objeto real es finito, no entra en juego. Entonces, no hay deseo.
La lógica del discurso depresivo
El discurso depresivo es un discurso cerrado, aparentemente sin fisuras. Resulta ser una defensa bastante eficaz, porque protege al sujeto de la angustia de la incertidumbre, de su implicación (Si “es así”, no es algo propio, no hay responsabilidad subjetiva) y también de la pérdida, porque no pierde quien no juega (aunque se perdió de jugar).
Pero detengámonos en el núcleo lógico del asunto, no solo a la descripción clínica, ya que desde allí podría operar el analista.
Podemos decir que el discurso depresivo tiende a ser totalizante, universal y necesario, los cuales no son adjetivos sueltos, sino una manera de ubicar cómo funciona la argumentación del paciente.
Decimos que es TOTALIZANTE porque toma todo el campo. El discurso depresivo no deja zonas afuera: “Todo termina”, “Nada vale la pena”, “Siempre es igual”, “Nunca funciona”. No hay excepciones, el sujeto no dice: “esto salió mal”, sino que "todo es así”.
Es decir, un acontecimiento puntual queda absorbido por una lectura total del mundo. Clínicamente, esto aplasta lo singular. No hay margen para que algo distinto ocurra.
Por otra parte, el discurso depresivo es UNIVERSAL, porque vale para cualquiera. El depresivo no habla solo de su experiencia, habla como si enunciara una ley general, de la que se jacta. Ejemplos: “El amor siempre termina”, “La gente decepciona”, “Nada dura”.
El paciente con este discurso, no dice “a mí me pasó”, sino “así son las cosas”. Esto le da al discurso una apariencia de objetividad y verdad, casi de ciencia o filosofía. Por eso Yafar lo ubica como una ideología. Clínicamente, si se trata de una verdad universal, entonces no hay nada que analizar del sujeto, porque queda borrado.
Otra de las características del discurso depresivo es su NECESARIEDAD, en cuanto no puede ser de otra manera. No solo es universal, sino que además es presentado como inevitable. “Si te enamorás, vas a sufrir”, “Si algo empieza, va a terminar”. No hay lugar para el azar, la contingencia ni la sorpresa, todo queda bajo una lógica de destino.
Es fundamental no moralizar la depresión y aclarar que el sujeto goza de esa posición. ¿Dónde está el goce de estos pacientes? En tener razón, en sostener una verdad universal (“todo muere”) y en evitar la castración. Es un goce “frío”, conceptual, pero goce al fin.
Lo paradójico es que este discurso usa algo verdadero: sí, todo es transitorio; sí, el amor puede terminar. El paciente hace de esta verdad posible una certeza total y ahí es donde se vuelve patológico.
El analista no puede discutir la verdad del argumento, al estilo “Bueno, pero igual vale la pena amar”, porque efectivamente el paciente tiene razón (todo termina). La dirección no es oponerle otro universal (“pero a veces…”) sino introducir lo que ese discurso excluye estructuralmente.
💙Una maniobra posible, considero, es apuntar al costo subjetivo de este discurso. “Sí, todo termina… pero ¿qué pasa mientras tanto?”, “¿Qué te ahorrás no entrando ahí?”. La idea es desplazarse de la verdad universal hacia al lugar del sujeto.
💙Decíamos que el discurso depresivo es totalizante, universal y necesario. Esto abre a una posibilidad de intervención por el lado de la contingencia. Es decir, ir por el lado de lo singular, lo contingente y lo que puede pasar.
Nuevamente hay que decirlo: no se trata de contradecir (porque el paciente tiene razón en parte), sino de introducir fisuras: ¿Siempre? ¿Todo? ¿Para quién? ¿Acá también está pasando eso? Esas pequeñas grietas reintroducen lo singular (no lo universal), lo contingente y lo no necesario.
Introducir la contingencia no es "pensar en positivo" ni ser optimista, sino romper la lógica de necesidad, mostrando que lo que el paciente presenta como inevitable… no lo es tanto. No busca demostrar lo contrario, sino aflojar el estatuto de certeza.
💙Otra de las "fallas" del discurso depresivo es que al estar tan hiperconceptualizado, el sujeto queda por fuera de la experiencia (defensa exitosa). En estos términos, alguien puede hablar sobre el amor sin entrar en la experiencia del amor. De esta manera, desde su enunciación, queda por fuera. Intervenciones como “¿Y eso cómo lo sentís?”, “¿Qué te pasa cuando decís eso?” fuerza un pasaje desde la idea hacia la experiencia. Y ahí aparece algo que el discurso no controla del todo.
💙Si aceptamos la idea de que este discurso funciona como una defensa, más precisamente como anticipación ante la pérdida, ahí tenemos otro punto. Yafar dijo, en esta conferencia, "El depresivo ya vivió la pérdida… antes de que ocurra". Entonces, una intervención posible: “¿Eso ya pasó o está pasando ahora?” “¿Dónde está eso hoy?”
Lo no perecedero... en realidad es el infierno
Anteriormente puntuamos que Yafar señaló la idolización del objeto eterno en el discurso depresivo. ¿Pero cuán sostenible es esa idolización?
En el documental "Borges para millones" (1978) Jorge Luis Borges dice: «Cuando me siento desdichado pienso en la muerte. Es el consuelo que tengo: saber que no voy a seguir siendo, pensar que voy a dejar de ser. Es decir, yo tengo la certidumbre de que voy a morir enteramente.
Se trata de una torsión interna del mismo problema: lo que en el discurso depresivo se presenta como ideal (lo eterno), en Jorge Luis Borges aparece como lo insoportable.
La idolización del objeto no perecedero es, en el fondo un objeto sin pérdida, sin transformación y sin tiempo. Es decir, un objeto fuera de la vida. Por eso tiene una paradoja: Cuanto más perfecto (eterno), menos vivible.
Se trata de una inversión de la lógica depresiva, porque allí donde el discurso depresivo diría: “Como todo termina, no vale la pena”, Borges dice algo radicalmente distinto: “Como todo termina, eso es lo que lo vuelve soportable”.
Lo que Borges introduce —sin decirlo en términos psicoanalíticos— es que la condición del deseo es la finitud. Lo que no termina no urge, lo que no se pierde no se valora, lo que no cambia no da lugar al acontecimiento. Lo eterno aplana toda diferencia.
El depresivo postula un objeto eterno (ídolo), pero como no existe, ningún objeto real alcanza. Allí puede desvalorizar "las cosas del mundo" y retirarse del deseo. El problema es que ese objeto eterno no es solo idealizado... es invivible.
La idolización del objeto no perecedero se sostiene como discurso, pero no como experiencia. El sujeto vive en el tiempo, en el cuerpo y en la pérdida. Yafar señala una cierta "soberbia" en estos sujetos, donde claramente aparece una tensión: lo eterno desde el discurso vs. lo transitorio de la vida. Esta brecha es la que produce, en estos pacientes, inhibición, vacío o incluso sufrimiento silencioso.
Lo que dice Borges puede funcionar como una especie de intervención: La eternidad no es deseable, es insoportable. Si esto no desarma la idolización, al menos vuelve sospechoso el ideal depresivo.
No se trata de convencer al paciente de que “igual vale la pena”, sino de introducir algo como “¿Y si eso que termina… es justamente lo que lo hace posible?” ó “¿Qué pasaría si no terminara nunca?”, "¿Cómo sería algo que no se pierde nunca?", “¿Te gustaría eso?”
El discurso depresivo se sostiene en un supuesto: que lo eterno sería mejor. Pero esa ficción, llevada al extremo, revela su inconsistencia: lo eterno no solo no es mejor… es inhabitable.
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