La metapsicología freudiana constituye uno de los aportes más decisivos del pensamiento de Freud. Al proponer considerar el aparato psíquico desde tres dimensiones —la tópica, la dinámica y la económica—, Freud establece una forma completamente novedosa de abordar el psiquismo, produciendo una ruptura con las concepciones psicológicas que lo precedían.
Durante la década de 1960, la llamada psiquiatría dinámica retomó parcialmente este planteo al incorporar en su marco teórico las dimensiones tópica y dinámica, pero dejó de lado la dimensión económica. A partir de esta omisión puede inferirse que lo verdaderamente radical y subversivo del descubrimiento freudiano reside precisamente en el lugar que ocupa lo económico en la constitución del sujeto hablante.
Este desplazamiento implica también un vaciamiento cualitativo del campo de lo traumático, ya que permite situar que, para el ser hablante, lo traumático no depende simplemente del contenido de una experiencia, sino de su incidencia económica, es decir, del modo en que las cantidades de excitación afectan al aparato psíquico.
Leída desde esta perspectiva, la noción de trauma remite necesariamente a una determinada configuración de la sexualidad. Mientras que frente a un estímulo externo la huida puede constituir un recurso eficaz para evitar el peligro o el obstáculo, frente al estímulo interno —la pulsión— la huida resulta definitivamente imposible.
A partir de este punto se abre una interrogación que atraviesa tanto la obra de Freud como la enseñanza de Lacan: ¿cómo incidir sobre ese componente económico que se muestra, en gran medida, refractario a la palabra?. Esta pregunta permite situar algunas de las especificidades de la praxis psicoanalítica, precisando no sólo las condiciones de su eficacia, sino también los impasses y obstáculos que la atraviesan.
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