Desde hace un tiempo se vuelve cada vez más insistente una pregunta: si Jacques Lacan le otorga a la identificación un lugar tan decisivo en la constitución del sujeto —en su advenimiento en el campo del Otro—, ¿por qué no la incluye entre los conceptos fundamentales del psicoanálisis?
A lo largo de su enseñanza, Lacan retoma la cuestión desde distintas aristas, apoyándose en Sigmund Freud, quien ya había subrayado tanto su importancia como su carácter enigmático. Tal vez, incluso, sea esa misma oscuridad la que da la medida de su peso teórico. No es casual que ese rasgo también roce la función del Padre primordial, ligada a la identificación primaria.
La identificación puede pensarse como el modo privilegiado mediante el cual se establece un lazo entre el sujeto y el Otro. Pero concebirla así implica despegarla de una lectura imaginaria —como mera imitación o identificación especular— para situarla en el plano de una operación, incluso en una dimensión topológica.
Esto abre una hipótesis: quizás sea precisamente su estatuto operatorio lo que explica por qué Lacan no la incluye entre los fundamentos. En efecto, ninguno de los cuatro conceptos fundamentales que presenta en el Seminario 11 —inconsciente, repetición, transferencia y pulsión— se define como una operación. Más bien, cada uno de ellos delimita un campo a partir del cual diversas operaciones se vuelven pensables.
Desde esta perspectiva, los conceptos fundamentales no son herramientas operatorias, sino bordes que recortan el campo clínico del psicoanálisis. Son, en palabras de Lacan, conceptos que “se escriben”.
La identificación, entonces, no funda ese campo, sino que opera en su interior. Es tributaria de esos fundamentos, y justamente por eso no puede ser contada entre ellos.
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