La posición de Sigmund Freud respecto de la aplicación del psicoanálisis a la psicosis fue, en términos generales, restrictiva. Consideraba que el tratamiento analítico difícilmente podía operar allí, en la medida en que el psicótico no establecería transferencia en el sentido clásico.
Será Jacques Lacan quien, desde temprano, cuestione este límite. No niega la transferencia, sino que la redefine: en la psicosis no adopta la forma del Sujeto Supuesto Saber propia de la neurosis, sino que responde a otra lógica. A partir de esto, ya no se trata de pensar una “cura” en sentido estricto, sino de abrir la posibilidad de un tratamiento, orientado por distintas vías.
Una primera orientación consiste en ubicar como eje del trabajo analítico la construcción de un síntoma. Es decir, propiciar en el sujeto algún punto de anclaje que permita cierta estabilidad, supliendo la ausencia de ese operador estructural que, en la neurosis, cumple la función de sostén: el Nombre del Padre.
Una segunda perspectiva —cada vez más relevante en la clínica contemporánea— apunta a favorecer la inserción del sujeto en el lazo social. En este enfoque, el acento no recae tanto en el valor restitutivo del delirio, sino en las condiciones que posibilitan una circulación sostenida en los discursos.
Ambas orientaciones no son excluyentes. De hecho, pueden articularse: uno de los modos privilegiados mediante los cuales un sujeto logra inscribirse en el lazo social es a través de un síntoma. Esto abre una pregunta decisiva para la clínica: ¿bajo qué condiciones un síntoma puede hacer lazo?
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