Ahora bien, ¿Cuándo esto es razonable y cuándo nos pone en la pista de un delirio? Desde afuera, conductualmente, pueden parecer iguales: ambos compran stock, ambos anticipan escenarios, ambos hablan de riesgos. La diferencia no está en lo que hacen ni en si tienen o no razón, sino en la estructura subjetiva que sostiene el acto.
En la posición previsora fuera del terreno de la psicosis, el sujeto parte de riesgos plausibles. Acepta incertidumbre, de manera que puede decir: “Probablemente no pase, pero me organizo”. Tolera que otros no compartan su evaluación y hasta logra preguntarse si no está exagerando. Hay cálculo, no certeza.
En cambio, en la posición paranoide el sujeto vive el escenario como inminente o encubierto. Interpreta señales ambiguas como signos (de significado unívoco) que le sirven de confirmación. Cree que “los demás no ven lo que está claro” y escuchamos una convicción rígida. Hay certeza, no cálculo.
En el previsor, la acción preparacinista reduce la ansiedad. Una vez armado el margen, se tranquiliza.
En el paranoide, la acción no alcanza nunca. Siempre falta algo, siempre puede empeorar. El stock no calma. La paranoia no busca prevenir, busca defenderse de una amenaza omnipresente.
En términos más clínicos, en la paranoia, la amenaza tiene un carácter personal (“nos quieren dejar sin…”). En la previsión neurótica, la amenaza es sistémica e impersonal (“puede haber inflación/ocurrir tal cosa”). La paranoia tiene un Otro persecutorio. La previsión tiene contingencias económicas.
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