Plantear, con Sigmund Freud, que existe una temporalidad propia en la constitución sexual implica afirmar, en primer lugar, que la sexualidad no es algo dado en el sujeto, sino algo que debe constituirse. Esto supone una serie de operaciones necesarias para que lo sexual pueda inscribirse.
Jacques Lacan no modifica este planteo en lo esencial, pero sí le otorga una mayor precisión lógica, formalizando la materialidad en juego.
La constitución sexual responde a una lógica que implica una temporalidad en dos momentos —lo cual, no casualmente, en Freud coincide con la temporalidad de la formación del síntoma—. Un primer tiempo corresponde a una configuración temprana de la sexualidad, sostenida en el vínculo pulsional, donde se articulan deseo y demanda entre el niño y la madre. Un segundo tiempo introduce una resignificación: no solo el cuerpo responde de otro modo, habilitando nuevas posibilidades, sino que también se reevalúa el valor de las insignias fálicas obtenidas en el tránsito edípico, junto con aquello que allí quedó fijado como marca pulsional.
Entre estos dos tiempos tienen lugar dos operaciones fundamentales. Por un lado, la intervención de la prohibición paterna, que permite que el niño —en tanto objeto en el deseo materno— acceda a la subjetivación, al precio de una pérdida. Por otro, en un momento lógicamente posterior y previo a la pubertad, se constituye el período de latencia, que organiza el valor estructurante del velo, condición esencial para la formación del fantasma.
De este modo, síntoma y fantasma se presentan como dos soportes fundamentales: el primero, del lado de la respuesta singular del sujeto; el segundo, como escena que organiza su posición. Ambos funcionan como puntos de apoyo desde los cuales el sujeto puede sostenerse en el lazo con el partenaire, precisamente allí donde la subversión subjetiva despliega toda su potencia.
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