El problema del duelo en el sujeto —sus distintos estatutos y sus diversas modalidades a lo largo de la historia— ha sido una cuestión que no solo ocupó a los abordajes clínicos del sufrimiento psíquico, sino también a múltiples campos que interrogan la estructura de la vida humana: los estudios culturales, la etnografía, la antropología y la filosofía.
En su núcleo, el duelo pone en juego la posibilidad de elaborar una pérdida. Sin embargo, reducirlo a una mera contingencia vital sería empobrecer su alcance. Más profundamente, el duelo implica una serie de operaciones mediante las cuales el sujeto puede tramitar simbólicamente una falla que no es accidental, sino que afecta a la propia estructura del lenguaje y, por lo tanto, a su posición como sujeto.
Desde esta perspectiva, el psicoanálisis establece una articulación fundamental entre el trabajo de duelo y el trabajo analítico. Un análisis deviene, en este sentido, un trabajo de duelo en la medida en que confronta al sujeto con la necesidad de asumir la pérdida de aquello que creyó ser… para el Otro.
Podría decirse que el sujeto se dirige al analista en busca de aquello que le falta, pero que, a través de la torsión transferencial, se encuentra más bien con lo que no hay. Este encuentro con la falla —que puede formularse como un “No hay”— va delineando clínicamente las distintas modalidades mediante las cuales el sujeto responde, muchas veces intentando obturar ese vacío.
Es precisamente en ese punto donde se juega la posición subjetiva en el duelo dentro de un análisis. Por eso, se trata de un trabajo que implica necesariamente un cierto grado de dolor y angustia, en tanto la pérdida en cuestión concierne a aquello que pone en evidencia la falta en ser del sujeto.
La pregunta que queda abierta —y que orienta tanto la clínica como la reflexión— es: ¿qué se pierde cuando cae esa ilu
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