jueves, 14 de mayo de 2026

El riesgo de la libertad

La noción de libertad constituye un problema particularmente complejo para el psicoanálisis, en tanto éste parte de la premisa de que el sujeto no opera como un agente autónomo, sino como un efecto. Desde esta perspectiva surge inevitablemente la pregunta: ¿de qué modo podría pensarse entonces alguna forma de libertad para el sujeto?

Sin embargo, resulta difícil negar que la práctica analítica implica, de algún modo, la apertura de cierto espacio de libertad. De lo contrario, cabría preguntarse qué conduciría a alguien a sostener una experiencia analítica si ésta no produjera alguna modificación en relación con sus determinaciones. La cuestión central reside justamente en pensar esa libertad no como absoluta, sino como un margen.

Aquello que posibilita dicho margen es el desasimiento. Pensar la libertad desde esta lógica remite no sólo a lo marginal en sentido estricto, sino también a aquello que se ubica en los bordes de la escena, detrás de sus bastidores, o incluso bajo los velos que sostienen la consistencia de determinada realidad subjetiva.

Ahora bien, afirmar que existe para el hablante un margen de libertad implica enfrentarse al problema de la decisión, con toda la dificultad que este término introduce en psicoanálisis, dado que no se trata de un sujeto plenamente dueño de sus actos ni de sus determinaciones.

Se trata entonces de una libertad esencialmente paradójica, cercana a la lógica de la “elección forzada” formulada por Lacan, donde la elección nunca se presenta por fuera de una contradicción estructural. En este punto, el título de la novela de Goethe, Las afinidades electivas, resulta especialmente evocador: ¿qué tipo de elección puede haber en aquello que aparece ya determinado por una afinidad?

Lo que se pone en juego en esa elección es, muchas veces, aquello mismo que sostiene la demanda de análisis: el padecimiento excedente del sujeto, ese “penar de más” que insiste y lo conduce a consultar. La experiencia analítica confronta entonces al sujeto con una tensión decisiva: conservar aquello que organiza su sufrimiento o arriesgarse a perderlo. Allí radica el valor clínico del desasimiento.

En este sentido, puede sostenerse que toda posibilidad de libertad requiere necesariamente la asunción de un riesgo por parte del sujeto.

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