Silvia Gelván de Vienstein realizó una distinción muy interesante en el ámbito de la Orientación Vocacional, que es sumamente útil si la articulás con psicoanálisis. Silvia Gelvan de Veinstein plantea que elegir y decidir no son equivalentes.
Según ella:
- Elegir implica valorar, discriminar y optar entre distintas posibilidades.
- Decidir, en cambio, supone asumir las consecuencias de esa elección y actuar en la dirección elegida.
Es decir, uno puede elegir sin decidir. Por ejemplo: “quiero cambiar de trabajo”, “quiero separarme”, “quiero escribir”, pero nunca producir el acto que ponga en marcha esa elección. Del otro lado, también puede haber decisiones impulsivas sin verdadero trabajo de elección previa.
Lo interesante es que ahí aparece una diferencia muy fina entre el plano de las representaciones y las alternativas posibles, y el plano del acto.
Y eso dialoga muchísimo con Lacan. Porque la decisión toca algo del acto subjetivo, donde ya no alcanza con el cálculo imaginario de posibilidades. La decisión implica pérdida, riesgo y renuncia.
Incluso podría decirse que:
- la elección todavía puede permanecer dentro de cierta economía fantasmática (“podría ser esto o aquello”),
- mientras que la decisión introduce un corte, porque obliga a perder las otras posibilidades.
Por eso muchas veces el sujeto “elige” infinitamente pero no decide nunca: mantener abiertas todas las opciones evita la castración implicada en el acto. Decidir es aceptar que algo cae.
Y ahí aparece una conexión muy fuerte con la “elección forzada” de Lacan. Porque no se trata de una libertad soberana del yo, sino de un acto donde el sujeto queda implicado aun cuando no controle plenamente sus determinaciones.
También me parece interesante cómo Gelvan conserva una dimensión muy clínica y existencial de esto: decidir no es solamente concluir racionalmente, sino comprometerse con un hacer. Hay algo del cuerpo y del tiempo que entra en juego. La decisión produce realidad.
Los instantes de ver, comprender y concluir hacen que la distinción adquiera todavía más espesor clínico y estructural. Porque elegir y decidir pueden leerse como operaciones distintas respecto del tiempo lógico lacaniano.
En el instante de ver, el sujeto queda capturado por una configuración. Hay percepción de alternativas, reconocimiento de una escena, incluso cierta intuición de algo que se juega allí. Muchas veces las “elecciones” permanecen en este nivel: el sujeto enumera posibilidades, contempla escenarios, imagina variantes de sí mismo. Pero todavía no hay acto.
Luego aparece el tiempo para comprender, donde el sujeto trabaja simbólicamente aquello que se le presenta. Aquí se despliega buena parte de la vacilación neurótica: cálculo, anticipación de consecuencias, racionalizaciones, ida y vuelta entre opciones. El sujeto elige y reelige interminablemente, justamente porque comprender tiende a prolongarse. Es el tiempo donde las alternativas permanecen abiertas.
La decisión, en cambio, tiene mucha afinidad con el momento de concluir. Y lo interesante es que Lacan muestra que la conclusión no surge porque se haya alcanzado un saber completo, sino precisamente porque hay un punto donde ya no es posible esperar más comprensión sin perder el acto mismo.
Ahí la decisión introduce un corte temporal. No clausura la falta de saber; actúa a pesar de ella. Por eso decidir implica siempre cierto salto.
En ese sentido, podría pensarse que:
- la elección permanece más ligada al eje imaginario de las posibilidades;
- mientras que la decisión introduce una dimensión ética, porque compromete al sujeto en un acto que no puede garantizarse completamente por el saber.
Y esto es muy importante clínicamente. Hay sujetos que permanecen fijados al tiempo para comprender, transformando la vida en una espera infinita de certeza. Como si la decisión sólo pudiera producirse cuando todas las variables estuvieran aseguradas. Pero justamente el momento de concluir aparece cuando el tiempo apremia y el sujeto debe asumir una posición aun sin garantías.
Por otra parte, la distinción elegir/decidir adquiere un valor clínico muy fino, porque no sólo sirve para leer la inhibición o la postergación neurótica, sino también las precipitaciones subjetivas.
Hay sujetos que no quedan atrapados en un tiempo para comprender infinito, sino que, por el contrario, fuerzan rápidamente un momento de concluir para escapar de la angustia que produce la indeterminación. La premura funciona entonces como obturación. Se decide para no sostener la pregunta.
En esos casos, la intervención que separa elegir de decidir puede producir una desaceleración muy valiosa. Porque introduce una hiancia entre el impulso al acto y la elaboración de aquello que verdaderamente está en juego para el sujeto.
Es interesante pensar que, en ciertos pacientes, la “decisión” precipitada puede operar casi como defensa frente al tiempo lógico mismo:
- concluir demasiado rápido evita comprender;
- actuar rápidamente evita confrontarse con la división subjetiva;
- decidir compulsivamente evita la angustia de la falta de garantía.
Entonces la intervención clínica puede apuntar a restituir el tiempo de elección, no para eternizarlo, sino para que la decisión no sea mera descarga o evitación.
Ahí aparece un punto muy delicado: el analista no empuja ni a decidir ni a no decidir. Más bien interviene sobre la relación del sujeto con los tiempos de su acto.
Porque tanto la eternización del comprender como la precipitación conclusiva pueden funcionar como modos de evitar el encuentro con la castración implicada en toda decisión.
Y en ambos casos, la cuestión del riesgo vuelve a aparecer:
- algunos sujetos no deciden nunca para no perder nada;
- otros deciden demasiado rápido para no sentir la pérdida.
La operación analítica consistiría entonces en producir cierta modificación en la economía temporal del sujeto, habilitando una relación menos defensiva con el acto.
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