jueves, 18 de junio de 2026

Cómo no engordar el pecesito del síntoma

 Habíamos dicho que no toda insatisfacción es del orden de la histeria, pero que en ella hallamos una estrategia, frente al deseo, de que este quede insatisfecho.

Ahora bien: surge un problema. Si tomamos literalmente la fórmula "el deseo es metonímico" o "el deseo es siempre deseo de otra cosa", parecería que toda satisfacción está estructuralmente condenada al fracaso. Entonces, ¿qué tendría de particular la histeria? Todos estaríamos en la misma situación.

Creo que la clave está en distinguir entre la imposibilidad de una satisfacción absoluta y la posibilidad de satisfacciones parciales o contingentes.

Para Lacan, ningún objeto puede colmar definitivamente la falta constitutiva del sujeto. Esto no significa que todos los objetos sean equivalentes ni que no haya satisfacciones. Hay amor, goce, logros, encuentros, erotismo, creación, etc. Lo que no existe es el objeto capaz de cerrar la falta de una vez y para siempre.

La posición histérica introduce algo más. No se limita a encontrarse con el límite estructural del deseo, sino que muchas veces produce activamente condiciones para que la satisfacción no se realice, o para que quede siempre un resto de insatisfacción.

Por ejemplo, no es lo mismo encontrar que ninguna pareja puede responder completamente a lo que uno busca (condición estructural del deseo), que elegir sistemáticamente parejas imposibles o indisponibles. En este último caso, estamos más ante una estrategia subjetiva y la posibilidad de un síntoma histérico.

Planteo una hipótesis que me parece muy fecunda: quizás la histérica efectivamente apuesta a que la satisfacción efectivamente existe. Dicho de otro modo, no renuncia al ideal de una satisfacción plena, sino que la mantiene siempre desplazada hacia otro lugar. "Esto no me satisface, pero porque no era esto.", "La verdadera satisfacción estaría en otra parte.", "Si encontrara el hombre correcto, el trabajo correcto, el análisis correcto, entonces sí...".

La insatisfacción conserva vivo el supuesto de que existe un objeto capaz de responder. Lo que se posterga indefinidamente es la confrontación con que ninguna realización concreta coincidirá con ese ideal.

De hecho, algunos lectores de Lacan han señalado que la histeria no sostiene simplemente la falta, sino que sostiene la creencia en un Amo o en un saber que podría responder a la falta. La histérica le pregunta al Otro qué es una mujer, qué quiere, qué la completaría. La pregunta misma supone que en alguna parte podría haber una respuesta.

Por eso quizás habría que reformular la frase clásica. No tanto que la histérica quiera un deseo insatisfecho, sino que mantiene la satisfacción como promesa, evitando las situaciones donde tendría que verificar que la satisfacción alcanzable siempre es limitada.

Desde esta perspectiva, la insatisfacción histérica no sería la aceptación de la imposibilidad estructural del deseo, sino una manera de no terminar de saber nada sobre ella.

Es una lectura que, por cierto, acerca bastante la histeria a lo que Lacan desarrolla más tarde sobre el fantasma: no se trata solamente de sostener la falta, sino de sostener una determinada relación con la falta, una determinada ficción sobre lo que podría venir a colmarla.

El discurso histérico en la transferencia

Cuando el discurso histérico se instala en la transferencia, el analista es convocado a ocupar el lugar del amo, es decir, el lugar de aquel que sabría qué le pasa al sujeto, qué le falta o cómo debería vivir. El sujeto histérico dirige una pregunta al Otro supuesto saber, pero muchas veces espera además que ese Otro produzca una respuesta sobre su ser.

Por eso Lacan advierte contra la tentación de "engordar el pecesillo". La expresión aparece para criticar una práctica interpretativa que agrega significaciones al síntoma, enriqueciéndolo cada vez más con nuevos sentidos. El riesgo es que el analista termine colaborando con la demanda histérica de saber.

¿Cómo sería esto, concretamente, en un análisis? El paciente presenta un síntoma y el analista le agrega una explicación, haciendo que este adquiere un nuevo sentido. El paciente vuelve con nuevas preguntas y el analista produce nuevas explicaciones. Y así el síntoma crece, se vuelve cada vez más interesante, más sofisticado, más lleno de significaciones. Desde la perspectiva del discurso histérico, esto puede resultar extremadamente satisfactorio (en términos de goce), porque mantiene vivo al Amo. Siempre hay un saber más para obtener.

Lo interesante es que muchas veces la insatisfacción histérica no se dirige tanto al objeto como al saber. El sujeto parece decir "Todavía no encontré la explicación correcta." ó "Todavía no entendí verdaderamente qué me pasa."

Y cada nueva interpretación puede alimentar precisamente esa búsqueda.

Por eso Lacan orienta la práctica en otra dirección: no responder a la demanda de saber desde el lugar del Amo, sino operar sobre las inconsistencias del discurso, los puntos de tropiezo, las contradicciones, los equívocos significantes.

Volvemos a lo anterior, tal vez el problema no sea únicamente que la histérica sostenga un deseo insatisfecho, sino que sostenga la expectativa de que hay un saber capaz de explicar finalmente esa insatisfacción. Cuando el analista se apresura a interpretar, corre el riesgo de confirmar esa expectativa.

En ese sentido, ciertas intervenciones lacanianas tienen un carácter casi decepcionante. No aportan un significado nuevo sino que producen una caída de la consistencia del saber atribuido al Otro. En lugar de responder "esto significa tal cosa", apuntan a que el sujeto se encuentre con algo de su propia implicación en lo que dice.

¿Cómo intervenir entonces?

La clave está en considerar que el deseo surge en la articulación significante, sí, pero siempre se engancha a imágenes, identificaciones y objetos. Si un paciente dice: "quiero un hombre sensible, inteligente, seguro de sí mismo", no necesariamente está hablando sólo en el registro imaginario. Está poniendo a trabajar significantes que organizan su posición deseante.

El tema central es que el paciente, cuando se lo corre de la queja y se le pregunta qué quiere, no puede responder sin contradicciones. Esto es porque el deseo, aparte de fracasar por ser metonímico, también fracasa porque los significantes con los que el sujeto intenta nombrarlo entran en conflicto entre sí.

Por ejemplo, el paciente puede querer un hombre protector y al mismo tiempo sentirse asfixiado cuando lo/la protegen. O puede querer reconocimiento y rechazar a quien la reconoce. O puede querer estabilidad y excitación simultáneamente. Y ahí ya no estamos en el terreno de la insuficiencia imaginaria sino en el de la división subjetiva.

Ejemplo: Me acaba de decir que cuando un hombre se interesa pierde interés usted. Entonces, ¿cómo sería ese hombre que busca? 

La pregunta no apunta a construir un ideal, sino a devolverle al sujeto algo de la contradicción que acaba de producir en su propio discurso.

Ojo con las intervenciones que "engordan el pecesillo":

Una misma pregunta puede alimentar la búsqueda de un objeto ideal, o puede hacer aparecer que el sujeto no sabe del todo qué está diciendo cuando dice que sabe lo que quiere. Es una diferencia sutil pero importante: 

Supongamos una paciente que se queja de los hombres (todos ellos). El analista interviene "¿Y cómo sería el hombre correcto?"

❌Si se formula desde la curiosidad o desde la búsqueda de una definición, puede terminar alimentando el trabajo imaginario del paciente. El sujeto produce más atributos, más detalles, más teorías.

Pero formulado en el momento preciso en que el paciente supone que la respuesta está clara, la intervención pone a trabajar la inconsistencia de una certeza. El efecto buscado es la vacilación subjetiva.

Otro riesgo: enseñar una verdad sobre el deseo.

Lacan desconfiaba de las intervenciones que buscaban enseñar una verdad sobre el deseo. No estoy seguro de que el efecto analítico provenga de demostrar la imposibilidad de la satisfacción. Muchas personas pueden pasar años demostrando la imposibilidad y seguir sosteniendo exactamente la misma posición subjetiva. Un paciente puede decir "Sí, es verdad, ningún hombre es perfecto." y seguir buscando al hombre perfecto. O "Ya sé que ningún trabajo me va a completar." y seguir cambiando de trabajo cada seis meses.

Me parece que la clave no es demostrar que el objeto no existe, sino obligar al sujeto a comprometerse con una formulación concreta de aquello que presenta como una evidencia. Vayamos al ejemplo célebre del chiste de Quino:


La respuesta del cerrajero introduce una exigencia mínima que vuelve imposible sostener la abstracción: si quiere la llave, primero tiene que mostrar el modelo. Si existe la felicidad como objeto alcanzable, debería poder especificarse de qué se trata.

La imposibilidad no aparece porque el objeto ideal no exista en el mundo, sino porque el sujeto tropieza con algo de su propia división. Creo que ahí está la diferencia entre una demostración filosófica y una operación analítica. En este último caso, son las fisuras en el discurso.

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