Cuando alguien consulta atravesado por una decisión, un conflicto o un padecimiento, puede resultar tentador esperar que el analista le diga qué debería hacer. Y también puede ser tentador, para quien ocupa ese lugar, responder a esa demanda.
Sin embargo, hay una frontera decisiva para el psicoanálisis: dirigir una cura no significa dirigir al sujeto.
No es casual que Lacan agregue al sintagma «dirección de la cura» otro que introduce de lleno la problemática del poder que la transferencia pone en manos del analista: «La dirección de la cura y los principios de su poder».
Allí Lacan distingue distintos niveles en los que se juega la posición del analista. Hay un margen de libertad en cuanto al modo de sus intervenciones, en la elección de aquello que dice y del momento en que decide decirlo. Hay bastante menos libertad respecto de la posición que ocupa en la transferencia, porque ese lugar no es algo que el analista pueda decidir unilateralmente: es el discurso del sujeto el que lo convoca y lo sitúa allí. Y hay, finalmente, una falta de libertad todavía más radical en lo que concierne a la política de la cura: allí el analista queda subordinado a la ética que orienta al psicoanálisis, una ética cuyo norte es el deseo.
Lo hemos dicho más de una vez: la ética es la del psicoanálisis y no la del psicoanalista. Por eso, si la dirección de la cura pretende responder a las categorías y coordenadas propias del campo analítico, existe un límite que no puede franquearse: el analista no dirige al sujeto.
Esto es precisamente lo que impide que el analista se convierta en un director de conciencias.
El planteo lacaniano no consiste en establecer un conjunto de conductas que el analista deba seguir. No se trata de una técnica destinada a ordenar su proceder ni de un manual que indique qué hacer frente a cada situación clínica. Se trata, más bien, de establecer un norte para el acto y para la posición ética del analista.
Por eso, si quien ocupa ese lugar se ve tentado a dirigir al sujeto, indicándole qué decisión tomar, qué camino seguir o hacia dónde debería conducir su vida, esa intervención entra en conflicto con las coordenadas propias de la praxis analítica. No porque el analista deba abstenerse de toda intervención, sino porque intervenir no equivale a conducir al sujeto hacia un lugar previamente decidido por el analista.
La diferencia es fundamental: el analista dirige la cura en tanto sostiene sus condiciones, pero no dirige la vida del sujeto ni decide por él qué debe desear.
De allí que, en última instancia, lo que define a un analista no sea aquello que declara acerca del psicoanálisis, sino la posición que sostiene en su práctica.
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