martes, 20 de octubre de 2026

Un llamado a dejar de culpar a la época actual por los obstáculos de la clínica

No hace falta tener demasiada casuística para constatar que hay presentaciones clínicas en las que el padecimiento no aparece inicialmente organizado como un síntoma interpretable. Cuando algunos analistas hablan de una actualización de las neurosis, suelen referirse a una clínica en la que parecen cobrar mayor protagonismo:

  • Las actuaciones y las dificultades para poner en palabras el padecimiento.

  • Las presentaciones centradas en el cuerpo, la angustia o la inhibición, sin una formación sintomática claramente articulada.

  • Las modalidades de goce que se repiten sin que el sujeto formule una pregunta sobre ellas.

  • Las dificultades para establecer una transferencia basada en el desciframiento de un síntoma.

  • La exposición de una posición fantasmática en los vínculos, en lugar de una formación de compromiso que pueda interpretarse.

En una orientación lacaniana, esto suele describirse mediante fórmulas como el debilitamiento de la función del síntoma, el predominio del acto o la presentación directa del fantasma.

El caso es que estas descripciones no son necesariamente nuevas. La actuación, la compulsión, la angustia sin elaboración, la repetición y las dificultades para asociar libremente tienen una larga historia en la clínica psicoanalítica, que obviamente está lejos de terminar por tratarse de lo real de la clínica. 

Freud no descubrió únicamente pacientes que llegaban con un síntoma perfectamente constituido, dispuesto a ser descifrado. También se encontró dewde el comienzo con resistencias, compulsiones, satisfacciones sustitutivas y fenómenos que obstaculizaban el trabajo analítico.

En la historia posterior del psicoanálisis, muchas de estas nociones se fueron desplazando. Se las vinculó con la pobreza de asociaciones, la escasa elaboración fantasmática y las manifestaciones somáticas. Es decir, lo que en Freud constituía una categoría etiológica específica terminó convirtiéndose, en algunas elaboraciones posteriores, en una especie de modelo para pensar diversas modalidades contemporáneas de sufrimiento.

Ahora bien: ¿Quién no ha asistido a algún seminario donde se apele al infundado sensacionalismo de "La época actual produce sujetos cuya estructura neurótica se caracteriza por una menor elaboración simbólica y un predominio del fantasma"?

Esta tesis, que implica una comparación del pasado con el momento actual, me parece ambiciosa, porque encierra varios problemas metodológicos. Si un analista afirma que hoy predominan las presentaciones fantasmáticas por sobre las formaciones sintomáticas, habría que preguntarle:

¿Respecto de qué población está hablando: pacientes de su consultorio, instituciones, hospitales o una población más amplia? ¿Con qué período histórico compara la clínica actual? ¿Qué criterio utiliza para distinguir una presentación sintomática de una presentación fantasmática? ¿Cómo controla que el cambio no se deba a modificaciones en la demanda de tratamiento, los dispositivos de atención o las categorías teóricas de los analistas? ¿Qué observación podría llevarlo a concluir que su hipótesis es incorrecta?

Si no podemos dar cuenta de esto, al menos habría que aclarar que la afirmación tiene valor como intuición clínica, pero no alcanza para establecer una transformación histórica.

Los analistas no reciben  (ni lo han hecho) una muestra representativa de la población: reciben a quienes consultan, a quienes son derivados y a quienes permanecen en tratamiento. Si cambian las condiciones sociales de consulta, las modalidades de demanda o los criterios de derivación, la casuística del consultorio puede modificarse sin que haya cambiado la distribución de las estructuras clínicas en la población.

La literatura psicoanalítica reciente siguió discutiendo cómo pensar las llamadas presentaciones actuales, desde las manifestaciones corporales hasta las compulsiones, las crisis de angustia y las actuaciones. Pero encontrar estas manifestaciones en la clínica no equivale a demostrar que son históricamente más frecuentes.

Entre muchos analistas, corre una especie de idea sesgada de que «todo pasado fue neurosis de transferencia», de manera que existe el riesgo de que cada generación reconstruya retrospectivamente la clínica anterior a partir de su propia manera de concebir el padecimiento. Tenemos que admitir que las categorías con las que observamos la clínica también determinan qué diferencias advertimos y cuáles dejamos de percibir.

¿No podría ser que la propia teoría lacaniana de los discursos y del goce esté llevando a algunos analistas a leer como novedad histórica fenómenos que siempre estuvieron presentes, pero que antes se conceptualizaban de otra manera?

Me parece legítimo que un analista diga: «En mi práctica encuentro más pacientes que llegan con actuaciones y menos con síntomas que puedan interrogar desde el comienzo». Es una observación situada, pero es discutible que de allí concluya: «La neurosis contemporánea ya no se organiza alrededor del síntoma, sino alrededor de la mostración del fantasma». En esa formulación se ha pasado de una observación sobre la demanda y la presentación clínica a una tesis general sobre la organización del padecimiento.

Ahora bien, ¿y si efectivamente hubiera una transformación en la relación del sujeto con el Otro?


Porque bien podríamos mantener abierta la cuestión sin dar por demostrada la hipótesis de época. Es históricamente plausible y puede investigarse si las condiciones sociales en las que se construyen los vínculos, las identificaciones y las demandas. Otra cosa es que ese cambio produzca una modificación general de la relación subjetiva con el Otro y el goce. 

La pregunta es interesante: ¿La clínica contemporánea presenta nuevas formas de subjetividad o el psicoanálisis contemporáneo observa una diversidad de presentaciones que antes no llegaban, o no llegaban del mismo modo, a sus dispositivos de atención? No hay que negar a priori la hipótesis histórica, pero si evitar que funcione como explicación automática de cualquier diferencia clínica.

Para sostenerlo habría que especificar qué entendemos por esa transformación y cómo la distinguimos de las diferencias sociales, culturales e institucionales entre las poblaciones estudiadas.

Habrá que ponerse a investigar...

No hay comentarios.:

Publicar un comentario