martes, 18 de agosto de 2026

¿Qué es la viscosidad de la libido? Intervenciones clínicas

 Freud introdujo la idea de Klebrigkeit der Libido —habitualmente traducida como adhesividad o viscosidad de la libido— en relación con las condiciones que hacen que la libido pueda quedar fijada a determinadas posiciones.

La “viscosidad” implica que la libido se despega con dificultad de determinados objetos, representaciones, posiciones o modalidades de satisfacción. La libido viscosa es una libido que tiene dificultad para hacer duelo por sus objetos y, sobre todo, para investir otros objetos.

El problema para el paciente no es solamente que el objeto se haya perdido. Es que la libido parece no poder abandonar la posición libidinal construida alrededor de él. El paciente mismo dice que sabe que debería desprenderse, pero no puede.

En los duelos detenidos es particularmente evidente. La viscosidad aparece cuando esa libido encuentra dificultades para circular. El trabajo de duelo, además de “aceptar que alguien murió/se fue”, implica hacer algo con la libido que estaba comprometida en ese objeto.

En la clínica cotidiana aparece como repetición. Hay pacientes que cambian de pareja pero no cambian de relación. Cambian el objeto, pero conservan, por ejemplo, el mismo tipo de partenaire, la misma escena de abandono, la misma posición de espera o de decepción. Entonces, la viscosidad no necesariamente está adherida a la persona empírica, sino a una determinada modalidad de goce. En este caso, la viscosidad adquiere una dimensión propiamente psicoanalítica, porque la fijación es a la posición.

Podemos decir que mientras que la fijación (fixierung) implica que la libido queda ligada a determinado objeto, fase o modalidad, la viscosidad (Klebrigkeit) consiste en la dificultad para desprenderse y desplazar esa libido. Para ordenar, diría:

La fijación señala dónde está pegada.

La viscosidad señala qué tan difícil resulta despegarla.

A veces nos preguntamos por qué dos sujetos que atraviesan una pérdida aparentemente equivalente pueden reaccionar de manera radicalmente distinta. Uno puede hacer un duelo relativamente rápido y comenzar nuevos investimentos y el otro no. No necesariamente porque lo haya amado “más”, sino porque su libido tiene menor capacidad de desplazamiento. Perder y renunciar no son lo mismo.

No se trata de "no quiere soltar", como se dice. La cuestión analítica interesante es no tomar inmediatamente la viscosidad como una falta de voluntad. A veces aquello que no se puede abandonar es precisamente lo proporciona una satisfacción libidinal, incluso en el sufrimiento.

¿Es la viscosidad de la libido un déficit o una modalidad de satisfacción?  Diariamente escuchamos gente quejarse durante años de una situación que, simultáneamente, no dejan de producir. la pregunta por la satisfacción hace que la viscosidad deje de ser solamente una propiedad de la libido y empieza a revelar la relación entre libido, repetición y goce.

Por último, la viscosidad de la libido podría ser justamente una de las razones por las que la repetición consigue imponerse sobre el principio de placer. La libido no se desplaza hacia cualquier lugar disponible; vuelve, una y otra vez, hacia aquello donde ya encontró una determinada satisfacción.

viernes, 14 de agosto de 2026

El deseo y las posiciones frente al deseo del Otro

 Una de las tesis más originales del psicoanálisis sostiene que el deseo no encuentra nunca un objeto capaz de completarlo. De allí que Lacan pueda afirmar que el deseo se dirige siempre hacia otro deseo. Esta estructura introduce consecuencias decisivas para pensar el amor, el fantasma y la posición que el sujeto ocupa en relación con el Otro.

En esta línea, el planteo freudiano sitúa el deseo en el registro de la realización, precisamente a partir de la imposibilidad de su satisfacción plena. Esta articulación entre deseo y realización resulta particularmente fecunda: el deseo no se define por alcanzar un objeto que lo colme, sino por una realización que no puede reducirse a la obtención de aquello que aparentemente lo causa.

Si el deseo no se dirige a un objeto predeterminado, sino al deseo del Otro, el sujeto sólo puede entrar en relación con ese deseo a partir de una relación. El término no es aquí meramente descriptivo: señala el plafond lógico que sostiene al deseo y permite, por lo tanto, interrogar su estructura.

Pensar el deseo desde la relación implica introducir una posición desde la cual el sujeto desea. La posición deseante respecto del deseo del Otro exige que el sujeto ocupe un lugar en una escena. Pero no es indiferente cuál sea ese lugar: no es lo mismo que el sujeto quede situado como aquello que responde al deseo del Otro que como aquello que lo causa. En ambos casos se trata de una relación con el deseo, pero las consecuencias subjetivas y clínicas son radicalmente diferentes.

Estas consecuencias pueden pensarse a partir del margen que cada posición habilita para el desasimiento. Para interrogar esta cuestión —que en cada análisis deberá ser verificada en su singularidad— podemos servirnos de una pregunta: si se trata del deseo, su correlato es siempre la pregunta.

No es equivalente preguntarse si el sujeto es o no es el objeto del deseo del Otro, es decir, el falo, que interrogarse acerca de si causó o no causó ese deseo. En el primer caso, la pregunta compromete al sujeto con el ser del objeto que completaría al Otro; en el segundo, introduce una distancia respecto de esa posición y permite interrogar la función que el sujeto pudo haber ocupado en la emergencia de un deseo que, sin embargo, no le pertenece.

Aquí encontramos una distinción fundamental: el sujeto puede entrar en relación con el deseo del Otro sin haber sido su causa. Esta posibilidad no es una diferencia meramente conceptual. Tiene consecuencias clínicas decisivas, porque permite modificar la posición que el sujeto ocupa en la escena de su fantasma.

El problema, entonces, no consiste solamente en saber qué desea el Otro, sino en precisar qué lugar ocupa el sujeto respecto de ese deseo: si se ofrece como aquello que debe responder a él, o si puede reconocer que el deseo del Otro no depende de su existencia como objeto. Es en ese desplazamiento donde puede abrirse un margen para el desasimiento y, con él, una transformación de la relación del sujeto con su propio deseo.

Del paciente al analizante: las condiciones de comienzo de un análisis

 No existe una técnica capaz de garantizar el comienzo de un análisis. Sí existen, en cambio, condiciones que pueden hacer posible que un paciente deje de buscar respuestas y comience a ocupar la posición de analizante.

Para interrogar este problema conviene partir de un hecho clínico fundamental: más allá de que Freud emplee el término, el psicoanálisis carece de una técnica en el sentido de un procedimiento estandarizado. No existe un protocolo aplicable a todos los casos ni una secuencia de operaciones cuya correcta ejecución permita asegurar el inicio de un análisis.

De allí que sólo podamos ocuparnos de las condiciones que hacen posible un análisis singular. Esto, sin embargo, no significa que el psicoanálisis carezca de reglas para llevar adelante su práctica. La ausencia de una técnica universal no implica la ausencia de condiciones que regulen el dispositivo.

Las primeras entrevistas constituyen, precisamente, un tiempo privilegiado para que el analista pueda escuchar cuáles son las condiciones que, contingentemente, podrían permitir que en ese sujeto que consulta se produzca el pasaje de la posición de paciente a la de analizante. Con ello comienza a ponerse en forma el dispositivo analítico. Pero esta puesta en forma implica dos dimensiones: por un lado, las condiciones que conciernen al sujeto que consulta; por otro, la posición desde la cual el analista sostiene el dispositivo.

Estas condiciones no se reducen a los honorarios. También conciernen a la temporalidad del tratamiento, a la frecuencia de las sesiones y, más ampliamente, al modo en que se establece el encuadre. No se trata de reglas destinadas a garantizar el análisis, sino de condiciones que pueden permitir que algo del orden propiamente analítico llegue a producirse.

Si el comienzo de un análisis implica el pasaje del paciente al analizante, entonces resulta necesaria una torsión que conduzca de la respuesta a la pregunta. Es en esa torsión donde el sujeto puede comenzar a advenir en el trabajo transferencial. Pero para que esto sea posible, el analista deberá poder escuchar a qué Otro se dirige el sujeto y de quién espera una respuesta.

La intervención analítica podrá entonces apuntar a producir un efecto de sorpresa. El analista escucha desde el lugar del Otro, pero no responde desde el lugar en el que el sujeto espera encontrar la respuesta. Es precisamente esta dislocación la que puede abrir el espacio de la pregunta allí donde hasta entonces sólo había una demanda de respuesta.

El comienzo de un análisis no estaría dado, entonces, por la aplicación de una técnica, sino por la contingencia de una operación: que allí donde el sujeto venía a encontrar una respuesta, pueda comenzar a encontrarse con una pregunta que lo implique.

La opacidad de la identificación y el problema del espacio

Si hay una característica particularmente destacable de la identificación, es su opacidad. Freud ya la sitúa como un rasgo propio del concepto antes incluso de La interpretación de los sueños, y esta condición se vuelve especialmente evidente cuando se aborda la identificación primaria.

Dicha opacidad se hace patente en la práctica misma del psicoanálisis. Su abordaje se articula en torno a aquello que permanece “no resuelto”, noción que podemos poner en serie con expresiones como “lo aún no existente” o “lo que se escabulle”: algo huidizo, que se sustrae a toda tentativa de captura, que no termina de dejarse asir.

Es significativo que, en este contexto, Lacan se pregunte qué es aquello que impide calificar al psicoanálisis como ciencia. Quizás la respuesta se encuentre precisamente en ese no resuelto. La ciencia admite lo imposible, pero lo hace bajo la forma de lo contingente: su horizonte es, justamente, hacer de lo imposible algo eventualmente posible. El psicoanálisis, en cambio, encuentra en lo imposible un punto axial de su experiencia.

Hay, entonces, algo propio de la práctica que se sustrae y que continúa escabulléndose incluso a partir de —y más allá de— su abordaje lógico. Es allí donde la topología adquiere su relevancia: eventualmente permite asir aquello que la lógica no consigue capturar. Podríamos decir que el problema se despliega en la articulación entre lo idéntico, aquello que escapa a toda sustitución posible, y el espacio.

En este punto vuelve a resultar fundamental la diferencia entre una lógica de clases y una lógica de conjuntos. La primera, al estar sostenida en un atributo, deja intacto el problema de la enunciación y, con él, el problema de lo idéntico. Hay allí una insuficiencia lógica: aquello que hace que algo sea idéntico a sí mismo no queda resuelto por su inclusión en una clase definida por un atributo.

El problema se desplaza entonces hacia el concepto mismo de espacio del que se trata. La esquematización de la clase implica una relación de concentricidad y, desde el punto de vista epistémico, su topología responde a la lógica de la esfera. Pero ¿cómo hacer aparecer lo idéntico en la medida en que ex-siste? Esta pregunta vuelve necesaria la introducción de otras superficies capaces, en principio, de quebrar la linealidad que sostiene la separación entre interior y exterior.

Así, la topología no aparece simplemente como una herramienta para representar espacialmente un concepto ya constituido. Se vuelve necesaria allí donde la lógica encuentra su límite: cuando aquello que se busca formalizar no puede ser localizado ni como un elemento interior ni como un exterior, sino únicamente a partir de la manera en que una superficie organiza su relación con el espacio.

jueves, 13 de agosto de 2026

Los aportes de Ogden a la clínica psicoanalítica

 Thomas H. Ogden es uno de los psicoanalistas contemporáneos más influyentes. Es un autor norteamericano que dialoga con varias tradiciones —Freud, Klein, Bion y Winnicott—, pero que desarrolló conceptos propios muy originales. Si tuviera que resumir su aporte en una frase, diría que intentó pensar el análisis como una experiencia viva que ocurre entre dos subjetividades, más que como la interpretación de un paciente por parte de un analista.

1. El "tercero analítico"

Su concepto más conocido es el de tercero analítico.

La idea parte de que en una sesión no hay simplemente dos personas separadas (paciente y analista), sino que se genera una especie de tercera realidad psíquica compartida. No es la mente del paciente ni la del analista, sino algo que ambos co-crean.

Por ejemplo, un paciente puede sentirse inexplicablemente aburrido durante la sesión. El analista también comienza a sentirse aburrido. Para Ogden, ese aburrimiento no pertenece únicamente a uno de los dos: puede ser una producción del campo analítico, una forma en que algo inconsciente se está expresando entre ambos.

Aquí se nota la influencia de Bion, pero Ogden va más lejos: el inconsciente deja de ser algo que está solamente "dentro" del paciente para convertirse en algo que ocurre en la relación.

2. La reverie como instrumento clínico

Tomando una noción de Bion, Ogden le da mucha importancia a la reverie.

Se refiere a los pensamientos, imágenes, recuerdos o fantasías que aparecen espontáneamente en la mente del analista durante la sesión.

Un analista puede, por ejemplo, comenzar a pensar en una habitación oscura mientras escucha a un paciente. Para Ogden, eso no necesariamente es una distracción; puede ser una vía privilegiada para captar algo de la experiencia emocional inconsciente del paciente.

La contratransferencia deja entonces de ser un "obstáculo" y se transforma en uno de los principales instrumentos de trabajo.

3. Los modos de experiencia

En un trabajo muy conocido, Ogden describe tres formas básicas de organizar la experiencia:

  • Posición autista-contigua.
  • Posición esquizoparanoide.
  • Posición depresiva.

Las dos últimas provienen de Klein, pero la primera es una elaboración propia.

La posición autista-contigua remite a una forma muy primitiva de experiencia donde aún no predominan las representaciones ni las relaciones objetales, sino las sensaciones corporales: ritmos, texturas, superficies, temperaturas, sonidos.

Cuando alguien se frota compulsivamente las manos, se envuelve en mantas o busca determinadas sensaciones físicas para sentirse existente, podríamos pensar que está apelando a este nivel de organización de la experiencia.

Esta formulación tuvo mucha influencia en la clínica de pacientes graves.

4. Leer a Winnicott y a Bion

Ogden es también un extraordinario lector.

Sus trabajos sobre Winnicott son especialmente valiosos porque muestran que el famoso "uso del objeto" no consiste simplemente en relacionarse con alguien real, sino en atravesar la fantasía inconsciente de destruirlo y descubrir que sobrevive.

De Bion rescata la idea de que pensar no es algo dado de entrada, sino una capacidad que se desarrolla para procesar experiencias emocionales que de otro modo serían intolerables.

5. El arte de escuchar

Quizás el aspecto más atractivo de Ogden sea que no presenta el análisis como una técnica.

Sus libros están llenos de viñetas clínicas y de referencias literarias. Para él, el analista debe aprender a escuchar no sólo lo que el paciente dice, sino también:

  • lo que no puede decir;
  • lo que hace sentir;
  • lo que sueña despierto en el analista;
  • lo que emerge en el espacio compartido de la sesión.

En ese sentido, se acerca bastante a Winnicott y a Bion, alejándose de una práctica centrada exclusivamente en la interpretación.

El tercero analítico y la posición lacaniana

Desde una perspectiva más lacaniana, el concepto de tercero analítico suele generar cierta resistencia porque parece introducir una especie de intersubjetividad compartida. Lacan, especialmente a partir de los años sesenta, se orienta más bien por la lógica del significante y del objeto a, evitando pensar el análisis como una "fusión" de subjetividades.

Sin embargo, muchos lectores encuentran que algunas descripciones clínicas de Ogden son extraordinariamente precisas para captar fenómenos transferenciales difíciles de formalizar. A veces da la impresión de que Ogden describe con gran riqueza fenomenológica aquello que Lacan intentará formalizar mediante conceptos como el sujeto supuesto saber, la transferencia y el objeto a.

Por eso, aunque pertenecen a tradiciones muy distintas, no es raro que clínicos lacanianos encuentren en Ogden observaciones clínicas sumamente útiles, especialmente respecto de los afectos que circulan en la sesión y el uso de la contratransferencia.

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