En el psicoanálisis, siguiendo la línea trazada por Freud, Lacan define la castración como una deuda simbólica. Esto significa que es el efecto de la operación de la ley significante sobre el sujeto, estructurada a partir del funcionamiento del Nombre del Padre y del Deseo de la Madre en la metáfora paterna.
Desde esta perspectiva, la castración sitúa al sujeto en una serie generacional y lo inscribe dentro de una cadena significante, al mismo tiempo que se constituye el inconsciente como el discurso del Otro. Este proceso implica una reelaboración de la sobredeterminación freudiana y establece un rasgo fundamental mediante el cual el sujeto se sexúa, proporcionando una medida común que le permite vincularse al cuerpo del otro como partenaire.
Sin embargo, la noción de castración no se limita al plano simbólico. Lacan observa que, debido a la satisfacción paradójica propia de la pulsión en el ser hablante, la castración desborda este marco. En consecuencia, Lacan introduce la noción de lo real de la castración, abordándola como un fenómeno irreductible al simbolismo, pero que es esencial para comprender la dinámica del goce.
Esta concepción debe entenderse en paralelo con el esfuerzo de Lacan por explorar lo real de la división del sujeto, más allá de la fragmentación generada por el significante. En este contexto, lo real de la castración se vincula con la anomalía inherente al campo del goce, lo que lleva a Lacan, en el seminario Aún, a afirmar que “ser sexuado no predica sobre el sujeto”. Esta declaración señala un cambio de lógica fundamental en la teoría psicoanalítica, orientándose hacia lo real como dimensión irreductible.
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