sábado, 29 de noviembre de 2025

Las impulsiones del ello: ¿Cómo opera el analista para introducir un límite? Teoría y práctica.

En psicoanálisis tenemos bastante información sólida dentro de Freud y de Lacan sobre la relación entre el ello (Es) y el inconsciente (Unbewusst), especialmente respecto de qué función tiene el inconsciente en limitar, transformar o “cifrar” los impulsos del ello.

Veamos una elaboración conceptual útil para nuestro trabajo, y luego una articulación con la pregunta específica: cómo el cifrado inconsciente limita al ello.

Tras la segunda tópica, Freud diferencia claramente el ello como lo más ajeno al yo. El ello es totalmente pulsional, pasional, caótico, regido por el proceso primario. No conoce contradicción, tiempo, negación ni realidad. Su objetivo, bajo el principio de placer, es descarga inmediata.

En Inconsciente, en cambio, no es una región pulsional, sino un sistema regido por leyes de representación. Se forma por representaciones reprimidas y no es simplemente “lo pulsional”: es lo pulsional ya tomado por la inscripción significante. Aquí encontramos las leyes que lo regulan: desplazamiento, condensación, figurabilidad…

¿Cuál es la Relación entre ambos?

  • El ello es fuente de las exigencias pulsionales.

  • El inconsciente, en cambio, es una estructura de lenguaje que liga, transforma, desplaza, simboliza, y por eso mismo opera límites sobre el empuje del ello.

Freud lo dice en El Yo y el ElloUna gran parte del ello es inconsciente, pero no todo lo inconsciente es ello.. De manera que podemos pensar, desde el primer eaquema del peine, que en el aparato psíquico hay zonas que no tienen marca. 

Con los pacientes cuya presentación son las impulsiones, estamos frente a un problema fino: ¿cómo el inconsciente “cifra” y, por lo tanto, limita los impulsos del ello?

En Freud esto aparece disperso, pero hay dos textos clave:

Uno es “La represión” (1915), donde dice que la represión no elimina el impulso, sino que lo obliga a transformarse en formaciones sustitutivas, lo obliga a buscar rodeos, y lo sujeta a la figuración según reglas de la representación inconsciente. Es decir: la estructuración significante es ya un límite a la pulsión bruta.

El otro texto, del mismo año, es “Lo inconsciente”. Allí Freud dice que el inconsciente funciona como una “censura estructural” que admite ciertas transformaciones, prohíbe accesos directos e impone a la pulsión un modo de existir (fantasmático).

De todo esto se desprende que los afectos pueden ser refrenados por el pensamiento,es decir, por la elaboración representacional inconsciente. Para la técnica, nos interesa esta distinción más útil clínicamente:

El ello empuja → el inconsciente liga.

Lo que viene del ello son pulsiones parciales, cantidad libidinal, empuje (drang) sin forma.

Lo que hace el inconsciente es construir representaciones donde alojar el empuje, litoraliza (inscribe bordes), cifra (transforma la cantidad en calidad representacional), crea destinos (síntoma, sueño, acto fallido, fantasma), e introduce diferimiento, rodeos, cortes.

Por eso Freud afirmará que el inconsciente no es el caos pulsional sino su modo de inscripción. Y más aún, la represión origina el inconsciente: sin represión, solo habría ello.

Lacan: el inconsciente como discurso del Otro limita al ello

Con los aportes de Lacan, la diferencia se vuelve más nítida: El ello es el lugar del empuje pulsional, “eso que habla en el cuerpo”. El inconsciente, en cambio, es una estructura significante que no coincide con lo pulsional.

El inconsciente no expresa a la pulsión, sino que la deforma, la fragmenta, la cifra. Por eso Lacan puede decir que la pulsión: “gira alrededor del objeto”, no lo alcanza nunca: ese rodeo es el efecto del cifrado del inconsciente.

O sea, el inconsciente inventa trayectorias que impiden la descarga directa del ello. Sin inconsciente, habría automatismo pulsional, acting inmediato, sin mediación del fantasma. El inconsciente inconsciente introduce una escena, un rodeo, un montaje y un intervalo. Esto ya es un límite.

Volvamos a la pregunta: ¿cómo el cifrado inconsciente le pone un límite a los impulsos del ello? de distintas maneras:

  1. Transforma la energía en representación, en el sentido que lo que era pura cantidad adquiere forma y destino.

  2. Introducción del intervalo, de manera que entre impulso y acción aparece una trama significante que demora, desvía, confunde.

  3. Sustitución, porque donde el ello quiere “esto”, el inconsciente produce un “aquello”.

  4. Montaje fantasmático, que hace que la pulsión queda siempre subordinada a una escena.

  5. Censura estructural, porque si ciertas vías quedan prohibidas, la pulsión debe buscar desvíos.

  6. Alienación en el significante, donde el impulso se “desvanece” en el significante, pierde fuerza directa.

  7. Representación de la meta, que implica que la pulsión solo pueda moverse dentro de las posibilidades que el inconsciente le provee.

En suma, el inconsciente no reprime al ello desde afuera, sino que lo “reconfigura” al inscribirlo en una red significante que lo recorta y lo obliga a funcionar bajo otra lógica. Es la traducción, el cifrado y el montaje lo que limita.

De esta manera, resumimos que:

El ello empuja, el inconsciente estructura.
El ello exige, el inconsciente cifra.
El ello desborda, el inconsciente bordea.

Caso clínico

Varón joven. Conductas impulsivas y robos menores sin utilidad ni necesidad material; hostilidad frente a figuras de autoridad; dificultad para sostener normas. En el discurso encontramos pobreza de historización, escenas fragmentadas, vivencias sin contexto, tendencia al acto como modo privilegiado de resolución.

Desde la segunda tópica freudiana esto se lee como predominio del ello en su modalidad más directa y un escaso triunfo del inconsciente como red de representaciones que pudiera alojar o desviar el empuje pulsional.

La clínica muestra que cuando falta historización, la pulsión va al acto

Al finalizar una sesión, el analista advierte la ausencia de la historia clínica. Dadas las características del paciente, sospecha un robo

Pensemos en estas coordenadas: si el analista lo hubiera increpado desde lo imaginario (“¿Vos te llevaste la historia clínica?”), la respuesta del paciente habría sido otro acting, la desmentida, incluso una ruptura del tratamiento. Lo mismo si el analista hacía que "no pasó nada". ¿Qué opción queda allí?

En el contexto de un análisis, esto es un acting-out. Este punto es punto crucial: el analista no lo acusa, no interpela, ni moraliza. En la sesión siguiente dice simplemente: “Falta su historia.” Es una frase mínima, quirúrgica y abierta.

La frase, deliberadamente ambigua, no apuntaba al objeto robado, sino a un punto ciego del propio paciente. No se trataba de nombrar el acto sino de abrir un espacio para que algo del orden del relato pudiera advenir. El acto (robo) es un modo de manejo directo de la pulsión. La palabra “Falta su historia” introduce un intervalo, un vacío simbólico donde el impulso pierde su inercia inmediata.

El efecto fue inmediato. El paciente, sorprendido por la intervención, comenzó a hablar de un modo hasta entonces inédito. A partir de esa frase —“su historia”— emergieron fragmentos de escenas familiares guardadas en silencio: dudas sobre su filiación, secretos transmitidos a medias, versiones contradictorias sobre su origen y sobre el lugar que ocupaba en la constelación familiar. Aparecieron también relatos de infancias dispersas, mudanzas abruptas y vínculos inestables que nunca habían sido tematizados.

Podría decirse que la intervención operó como un freno significante que interrumpió la deriva hacia el acto. Allí donde antes sólo irrumpía la impulsividad sin mediación, comenzó a abrirse un espacio de traducción, de cifrado, de inscripción. El robo, que en apariencia remitía únicamente a una conducta antisocial, empezó a leerse como una forma de apropiarse de algo propio pero desconocido: una “historia” que él no tenía, que se la habían robado a él o que él no sabía que tenía.

En las semanas siguientes, este desplazamiento produjo un cambio clínico decisivo. El paciente comenzó a traer sueños, recuerdos sueltos, y a situar escenas del pasado de un modo más articulado. El impulso a robar —que solía presentarse como un empuje repentino— empezó a disminuir en frecuencia y en intensidad. No porque el analista lo hubiera moralizado, sino porque algo del orden del inconsciente había comenzado a inscribir lo que hasta entonces se presentaba como puro ello: una cantidad sin representación.

La intervención “Falta su historia” funcionó como un operador de cifrado: colocó un límite interno a los actos impulsivos al convocar al sujeto a producir una trama allí donde sólo había empuje. El paciente pudo, así, pasar de la descarga al relato, del acto al síntoma, del robo al descubrimiento de lo robado en su propia historia.

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