La topología, en sus distintas superficies y figuras, fue para Lacan un recurso privilegiado. No porque funcione como metáfora, sino porque permite caracterizar la superficie mínima en la que la escritura puede tener lugar: el cuerpo. Un cuerpo entendido como superficie donde se inscribe la economía del goce, donde se traza lo político del lenguaje, donde se depositan marcas y cortes.
En este marco, la topología borromea adquiere un valor singular. Gracias a ella se vuelve posible pensar una operación sobre un cuerpo definido por el agujero. Ya no sólo el cuerpo de zonas erógenas del que habla Freud, sino también ese cuerpo que, para Lacan, aloja lo imposible de saber, aquello que constituye otra forma de agujero: el punto donde la estructura desfallece, donde la sexualidad humana se topa con su real.
El uso de la topología abre entonces una vía para hacer algo con lo que no puede saberse. Por eso Lacan pregunta a qué “género” de real nos da acceso esta práctica. Se trata del real que surge de la falla constitutiva de la sexualidad, un real que sólo puede cercarse o recortarse contingencialmente. De allí que ningún anudamiento ofrezca garantías: su consistencia es siempre efecto de una contingencia, no de una necesidad absoluta.
Este carácter contingente resulta decisivo al abordar la forma en que lo imaginario, lo simbólico y lo real permanecen anudados. Si bien lo necesario participa del enlace, es la contingencia en la disposición entre los tres registros lo que abre un margen para la modificación. Ese margen es la condición misma de la práctica analítica: que algo pueda moverse, que un nudo pueda aflojarse, que un lazo pueda rehacerse de otro modo.
En suma, toda escritura requiere una superficie donde producirse. Y esa superficie —sea un toro, una banda, una cuerda o un nudo— es inseparable de las “dichomansiones”, como jugaba Lacan, de lo imaginario, lo simbólico y lo real. La topología no sólo permite representarlas; permite, sobre todo, operar con ellas.
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