martes, 13 de enero de 2026

Significante, repetición y pérdida: del autor al fantasma

Afirmar que “un significante, en tanto tal, no significa nada” le permite a Lacan separar su doctrina del significante del campo de la lingüística. Este gesto implica un vaciamiento: el significante queda reducido a su pura materialidad. Pero, al mismo tiempo, introduce una condición mínima —un “al menos dos”— a partir de la cual la lógica se vuelve posible. Desde ese umbral puede comenzar a leerse la intención en el sujeto, vía la repetición. Se trata de la intención en sentido fuerte, no de las pequeñas miserias del moi. Allí donde hay repetición, ya no es sostenible ninguna ingenuidad.

En 1969, ante la Sociedad Francesa de Filosofía en París, Foucault pronuncia su célebre conferencia ¿Qué es un autor?. El texto despliega múltiples cuestionamientos, pero, de manera sintética, interroga el lugar del autor como agente, apoyándose en los planteos de Roland Barthes y oponiéndolos a una teoría de los discursos que atraviesa su obra. Es un texto notable. No se trata de sostener la propiedad de las ideas —algo que colisionaría con la acefalía del lenguaje—, sino de afirmar la existencia de un trabajo. Puede pensarse al autor como un emergente que vehiculiza algo que lo excede, en tanto responde a un marco epistémico en el que está inmerso. Salvando las enormes distancias entre un autor que puede —o no— hacer escuela y el resto de nosotros, pequeños mortales, la lógica se mantiene: aquello que cada quien logra elaborar es efecto de un trabajo. Eso trabaja al sujeto, y todo trabajo implica un gasto, una pérdida. A diferencia del fantasma, que sostiene la ilusión de una recuperación.

El fantasma es, justamente, el lugar donde se fija eso que el hablante “cree” llevarse del Otro/otro: poca cosa, en verdad. Lacan se ocupa de interrogar ese objeto tan particular. De sus cuatro “enformas”, quizá sea la excrementicia la que vuelve más patente el carácter de resto con el cual el sujeto sostiene su mundo. De allí la pregunta que se impone: ¿qué es necesario perder para poder escuchar? Porque en el fantasma el sujeto es sordo, entre otras cosas, porque aquello que “se lleva” opera como obturación. ¿Qué consecuencias clínicas y éticas podrían desprenderse de esto?

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