En los comienzos de su enseñanza, Jacques Lacan retoma algunos textos fundamentales de Sigmund Freud —La interpretación de los sueños, Psicopatología de la vida cotidiana y El chiste y su relación con el inconsciente— porque en ellos encuentra la dimensión propiamente lingüística del inconsciente. Esta lectura le permite sostener su célebre aforismo según el cual el inconsciente está estructurado como un lenguaje. Así, allí donde Freud había descrito los mecanismos de condensación y desplazamiento, Lacan introduce las nociones de metáfora y metonimia, precisando de este modo la lógica del significante a través de la función de la palabra.
Desde esta perspectiva, el inconsciente no debe pensarse como un caos, sino como un campo organizado por una legalidad propia. Es en esa lógica donde debe apoyarse la estructura de la interpretación analítica. Interpretar, entonces, no equivale a traducir, explicar ni completar el sentido. La interpretación se sitúa más bien entre la cita y el enigma, y constituye una apuesta del lado del analista: la de producir un efecto de división y de no-saber allí donde el paciente se presenta sostenido por certezas.
Lacan pone en acto esta lógica del inconsciente incluso en la forma misma de sus escritos. Estos aparecen como una compilación de textos cuyo orden temporal se ve alterado por la inclusión del “Seminario sobre La carta robada” al comienzo del volumen. Aunque no sea cronológicamente el primero de sus trabajos, ocupa ese lugar inicial por una razón precisa: allí Lacan desarrolla y formaliza con detalle la lógica que gobierna el proceso inconsciente, una lógica que trasciende la simple dualidad. Se trata, en principio, de una lógica ternaria que, con la introducción de la dimensión temporal, se amplía hacia una estructura cuaternaria.
Por esta razón, la organización de los Escritos no responde a una simple progresión cronológica. Más bien presenta una genealogía conceptual, en la que cada noción se despliega y se transforma en relación con los impasses de la práctica analítica a los que intenta responder. Los conceptos no se separan de la praxis, sino que se sostienen en ella y la orientan.
A lo largo de los Escritos se mantiene, en última instancia, un único debate: aquel que se inscribe en la tradición crítica de la Ilustración. Este conjunto de textos constituye así el espacio y el tiempo de un desarrollo teórico donde se despliega una lógica capaz de dar cuenta de la subversión que el psicoanálisis introduce en la noción de sujeto.
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